Por el camino del duelo

xxeileenAl principio todo era oscuro. Todo dolía. Lo único que era capáz de hacer, parecía, era meterme en la cueva de mis sábanas y anesteciarme con películas ochentosas y maratones de Las Chicas Gilmore. Así sobreviví lo que nunca habría querido tener que sobrevivir.

Después abracé el dolor. Le dí un espacio en mis días, y de a poquito me dejó ver que su verdadero nombre era Amor.

Y después volví al mundo. A la gente y las calles, al supermercado y cafés con amigas. Ahora camino. Volví a jugar. Tengo fuerza y presencia y energía. Me entrego y me alegro.

A lo largo de todos estos momentos, siempre estuvieron las olas. A veces son predescibles, aunque la mayoría del tiempo me arrebatan por sorpresa. Es una enormidad de tristeza, de dolor punzante. Tiene una potencia que rompe todo, me tira hacia las profundidades del amor y del dolor. Esta ola me revolea. Después, me deja vacía, tirada en la orilla. Desinflada. Mi marido, con amor y con paciencia, espera a mi lado hasta que vuelvo a ser capaz de respirar de forma fluída. Hasta que las inhalaciones dejan de arder. Hasta que puedo exhalar sin gemir de dolor. Vuelvo a respirar dentro de su abrazo.

Este es el camino de mi duelo. Dentro de la normalidad, el dolor pega azotes inesperados. Y, de cierta forma, me alegra. Agradezco esos recordatorios de que lo que siento es verdad, de que es más grande que la vida misma. Quizás a veces lo más difícil del duelo por un bebito que murió antes de nacer son los juegos que nos hace la propia cabeza. A veces dudo de la verdad, temo haberme creado esta absurda fantasía de que mi hija ha muerto. Y ahí – zaz!- entra la vida con su brutalidad y me da vuelta, me desarma en llanto y quedo hecha pedacitos.

Ocho meses más tarde, quizás lo más bonito es todo lo que somos hoy gracias a Luna. ¿Que sería diez mil millones de veces más maravilloso con nuestra chiquita en brazos? Diez mil millones de veces sí. Pero esa opción no es parte de nuestra historia. Entonces, en estos ocho meses, hemos aprendido a entregarnos al amor. A querer sin reparo, a saber quienes somos. Yo soy más yo, mucho más yo, más auténticamente quien soy por querer a Lunita. Ocupo con más certeza mi lugar en el mundo. Y sus hermanos… lo que temíamos que fuera una irreparable cicatriz terminó siendo un camino de amor. Estas personitas que se acuerdan, que hablan de ella con tanta naturalidad y cariño, que le hacen dibujos y coleccionan cositas que “son de Luna” o “son como Luna” o “me imagino que a Luna le gustaría”. Ellos la traen a la cotideaneidad de nuestra familia. Mis hijos, los tres, son un regalo.

Este es el camino de mi duelo.No deseo nada, porque tengo todo lo que es. Y abrazo fuerte, muy fuerte, a los hijos que la vida me va regalando. A cada uno como lo necesita. Abrazos fuertes, abrazos de oso, abrazos de lucha libre y cosquillas, abrazos que secan lágrimas, abrazos etéreos, abrazos donde me faltás, abrazos profundos, soñados, en paz, abrazos largos, de ojos cerrados. Cada hijo, en cada momento, pide lo que necesita. Como mamá, sigo aprendiendo como maternar a cada uno de los tres.

Mi duelo no está siendo más que el aprendizaje de maternar a mi hija que ha muerto.

3 comentarios en “Por el camino del duelo

  1. Que hermoso Cheli. Es cierto una de las cosas difíciles es los juegos de la mente, los recuerdos que construimos de como sería nuestra vida juntas, esos recuerdos no los puedes borrar, técnicamente nunca pasaron, pero en nuestra mente sí. Mi hija me dejo algo muy importante el amor incondicional de una madre hacia un hijo, ese es el amor eterno que ahora conozco.

    Un fuerte abrazo Cheli

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  2. Que bonito Cheli, y muy cierto todo. Que bendicion tienes con tus tres hijitos en la tierra, y otra gran bendicion ser mama de tu angelito.
    Yo tambien a veces creo que todo lo que paso son ideas mias… Y cuando le doy vueltas vuelce a azotarme la realidad… Que dificil este amor tan puro y eterno que llego a nosotras con tanto dolor.
    Gracias por tus palabras.

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