Madre de dos

madre de 2

Y ahí estaba yo, tratando de contener las lágrimas inútilmente.

Por fortuna, el resto de las mamás miraba hacia otro lado ( ¡ gracias a Dios por esos pequeños favores ! ), justo hacia el frente, donde un grupo de niños tomados de la mano cantaba una canción a coro, entre ellos mi hijo de 7 años.

Todos vestidos de blanco, se esforzaban en no equivocarse. Semanas y semanas de ensayo, y con sus caritas llenas de ilusión cantaban con amor y nerviosismo esperando que al publico sentado en las gradas les gustara el festival. Un público de mamás.

Era el primer festival de mi hijo en la escuela primaria para celebrar el ” Día de las madres” después de que muriera mi pequeñita, y había pasado poco más de un mes. Yo tenía los sentimientos tan a flor de piel que no se hasta la fecha como no me puse a gritar de dolor. Me costó todo el trabajo del mundo reunir las fuerzas para presentarme ese día en la escuela.

A esas alturas ( 10 de mayo ) yo debería tener una panza enorme y no lágrimas quemando mi garganta.  Mi hermoso niño seguía cantándole a su mamá destruida, rota, con la moral por el piso.

Cuando el acto terminó, con esas sonrisas enormes en las caritas de los niños, aplaudí con todas mis fuerzas, y me sequé las lágrimas como pude. Mi hijo no tenía la culpa de que yo me sintiera muerta en vida. Él quería hacerme felíz, solo un poquito, para variar. Desde que su hermanita no estaba, yo ya no era la misma, y lo hacía todo en piloto automático. Dejé de reír, de cantar, incluso de jugar con él.

El ambiente era festivo, como había sido siempre, pero este año era de algún modo distinto; había perdido algo de su color, y ni los globos y flores de papel brillantes que decoraban todas las paredes lograban ocultar éste hecho que al parecer solo yo percibía. Las demás mamás gritaban y reían a la menor provocación, muchas de ellas con un bebé en sus brazos.

Así es, era el día de las madres, el que me recordaba que tenía un hijo hermoso que me hizo merecedora de ese título, pero que tristemente me gritaba que también tenía una hija que se había ido demasiado pronto. Y, como podrán imaginarse, para nadie más que para mí, yo era madre de dos.

Al final de todo, mi hijo se acercó y me regaló una florecita hecha de papel y lentejuelas, y una tarjeta con mi nombre escrito con plumones. El mejor regalo del mundo. Lo abracé muy fuerte y en ese abrazo iba el doble de amor: para él, y para mi nena, la que no estaba físicamente conmigo.

Porque los hijos marcan. Tanto si se quedan contigo como si no. Puedo decirlo con conocimiento de causa. El nacimiento de mi hijo mayor me hizo tan vulnerable y sensible. La muerte de mi hija pequeña también, pero de otra manera.

Vivir las dos caras de la maternidad es un asunto muy complejo, porque aunque mi hijo mayor fue mi motor para salir adelante cuando murió mi nena, a veces lo único que quería era estar en un rincón de la casa lamiendo mis heridas como un gato moribundo. Pero entonces su vocecita me regresaba  a la realidad. Y en algún momento, mucho tiempo después de ese tan triste día de las madres volvía a ser yo. Mi hijo que seguía vivo había contribuido en gran parte para que se obrara ese milagro.

Y después de mucho tiempo volvió la mamá que él se merecía: la que lo arropa en las noches, a pesar de que es ya casi adolescente, la que ríe con él de alguna tontería. La que ve junto a él su programa favorito comiendo papas fritas. Incluso la que lo regaña cuando hace falta. Así es la maternidad con mi hijo vivo.

Con mi niña es más difícil: mucha gente no sabe siquiera que existió, y otros que lo saben ya no la nombran nunca. Lo difícil de esta maternidad es que ignoren a tu hijo, que lo olviden.

Pero yo hablo con ella por las noches y al levantarme, todos los días, sin fallar, desde que se fue.

Incluso cuando estaba tan enojada con Dios, a ella era quién le pedía que cuidara a su hermanito y a su papá.

Y la busco todo el tiempo en señales que muchas veces no llegan.

Y escribo para ella y sobre ella, para rendirle homenaje y contarle al mundo que ella vive en mí, para que la conozcan un poquito más.

Así es vivir la maternidad, compartida entre dos hijos que están tan lejos uno de otro que ni siquiera llegaron a conocerse.

Desde que María no está, cada 10 de mayo tengo los ojos en el escenario del festival escolar, con la mitad de mi corazón ahí, y la otra mitad en el cielo.

 

 

 

 

 

 

 

5 comentarios en “Madre de dos

  1. Entiendo mucho lo que sentías este día, Lisbeth. También tengo un hijo en la tierra, que va a cumplir 5 este verano, y mi hija se fue hace casí 6 meses. Igual es difícil ir a cualquier lugar donde están los otros mamás con hijos de la edad de mi hijo y bebés en los brazos… Y al mismo tiempo mi hijo es tan lleno de vida y energía (aunque a veces también está triste y habla de su hermana), que no es posible esconderse, hay que seguir adelante…
    Un abrazo enorme,
    Corinna

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      • Gracias, Lisbeth. Ya ha pasado un año desde mi comentario, y nuestros hijos ya son un año mayor, y un año más sin nuestras hijas en este mundo… Te cuento que ahora estoy embarazada de mi arcoiris, cosa que no hubiera pensado posible hace un año, lleno de miedo, pero también de esperanzas… y de tristeza también, porque los recuerdos vuelven más fuertes….
        Te mando un abrazo fuerte!

        Le gusta a 1 persona

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