El renacer de un padre

 

La resolución del duelo y la magia de la vida: feliz antinomia

Silvano Pabón Villamizar – Colombia

 

¿Cómo se siente un padre, cuyo ser ha sido profundamente sacudido y reconfigurado con dos experiencias extraordinarias frente al hecho de vivir la paternidad y el amor en el hogar?Veamos. Como historiador debo tener una suerte de conciencia sobre el pasado que me permite valorar con agudeza, tanto los hechos vividos como su significado en el tiempo, interrogándome siempre si mis percepciones y valoraciones sobre mis hijos tienen justeza y coincidencia con los sentimientos y valoraciones de mi esposa y madre huérfana, en virtud de lo cual gira la armonía del hogar.

Haber vivido aquel corto pero extraordinario tiempo de alegría y hermosa espera con Salito fue lo suficientemente significativo y grande para que soportáramos el intenso dolor y profunda aflicción que nos ocasionó su partida tan temprano, siendo como fue tan anhelada y deseada en nuestras vidas. Entonces, en el largo camino recorrido en procura de nuestra sanación Salito nos lleva de la manito; su recuerdo, su imagen y su memoria hecha espiritual presencia nos proporciona la fuerza y el sentido para continuar celebrando la vida de múltiples maneras, como con el mismo cuidado de sí, abrigando la posibilidad de la búsqueda de una nueva vida.

Saberse el padre de una criatura maravillosa como Salomé, no presente en cuerpo, pero muy cierta en nuestras almas y mentes me permitió, gracias a la tierna pero consistente rigurosidad y constancia con que mi esposita lleva y cuida la memoria de Salito en casa, interiorizar la presencia de nuestra amada hija en nuestro hogar y vidas. Justo esta perspectiva y vivencia configuró la identidad y sublime presencia en casa, entre nosotros, en nuestras vidas, mentes y almas. Tres años han pasado desde que Salito partió de este mundo, dejándonos su presencia en nuestro ser, al hacernos más y mejores padres y personas. ¿Cómo me debo sentir ahora? Como único y especialísimo padre de una estrella, de una luz única en el cosmos, aunque las existentes sean incontables; porque Ella es como la rosa del Principito, absolutamente única entre un infinito rosal.

Ahora, como el don y milagro de la vida no nos abandonó, la llegada de nuestro segundo hijo renovó nuestra vocación de padres y nos ha colmado de dicha inimaginable, una verdadera bendición. Entonces, como padre, muy orgulloso y feliz con Gabrielito, quien crece en todos los aspectos y cada día que pasa lo colma todo, pero sin olvidar a nuestra hija; quien tiene su lugar en la vida de todos en nuestro hogar.

Para nosotros nuestros dos hijos son dos milagros, dos amores inmensos, dos alegrías, dos historias, dos identidades distintas; pues vividos en momentos distintos y rodeados de sentimientos también distintos, cada uno de ellos tiene su sitial en el templo de nuestro hogar. Salomé, nuestro angelito amado, reside en nuestra memoria, en nuestros corazones y mentes, con la certeza que nunca se irá de ahí porque es connatural a nuestra existencia, dado su profundo valor ontológico que tuvo en nosotros ese tiempo, espacio y cuerpo con ella vividos, como la experiencia constitutiva de nuestro ser. Gabriel, nuestro hijo amado, con su auténtica y extraordinaria personalidad, ocupa la dicha más grande e inimaginable que padre alguno pueda hallar en su paso por esta vida. Un arco iris mágico que ha traído luz, claridad, plenitud y certeza a nuestro hogar; ensanchando e iluminando en manera tan sabia y diáfana la senda que nos dejara trazada Salomé como familia.

Así pues, nuestros dos hijos como dos seres maravillosos, con su identidad y lugar cada uno de ellos, han formado nuestra condición de padres como nuestra propia identidad y propósitos en la vida. Los dos sujetos de nuestro amor de padres, como de nuestros cuidados y desvelos; de tal modo que así como prodigamos los cuidados que Gabriel necesita en este mundo para su bienestar y crecimiento integral, así mismo cuidamos la memoria y presencia espiritual de nuestra primera hijita, aún con la existencia de los dolorosos recuerdos de su inesperada y desafortunada partida de este mundo.


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Pérdida, duelo y pareja

La pérdida o más bien la partida inesperada y dolorosa de nuestros hijos es vivida en muy distinta forma por cada uno de los miembros de la pareja. De hecho, la misma vida en pareja se funda sobre las diferencias de sus integrantes. Y, esas diferencias se van a ver justo en la forma de asumir los eventos notables o impactantes que se vivencien, tal como las grandes pérdidas y los duelos.

Sin embargo, debo deciros que los padres también sentimos profundamente estas dolorosas experiencias, en especial cuando se espera con ilusión ese nacimiento. Los padres, los esposos que amamos a nuestra pareja así como al fruto de nuestras entrañas, esos padres lloramos con suma aflicción nuestras pérdidas. Sabemos que la parte más dura, el más agudo sufrimiento lo llevan las mamitas, tanto en lo físico como en lo emocional. Los padres sufrimos de ver sufrir a nuestras amadas esposas, nos lastima la sensación de impotencia frente a los hechos, nos duele el proyecto de vida frustrado. Los padres afligidos también necesitamos abrazar y llorar con quien de verdad sepa y comprenda este dolor, en especial con nuestra esposa.

Es posible que por perspectiva cultural, de género, los hombres seamos menos expresivos, un poco más serenos en las manifestaciones de dolor, más parcos o cautos, pero lo cierto es que como vosotras, podemos llorar y necesitamos atención en este trance. Los padres, a pesar de las diferencias, estamos atentos a comprender el dolor de nuestras afligidas esposas, queremos todo el bien posible para nuestras parejas, ansiamos encontrar y decir las palabras adecuadas. Quisiéramos tener y dar el consuelo adecuado. Tal vez unos mejor que otros, pero en todo caso, qué esposo no quisiera recuperar la armonía perdida con su ser querido, con su amada esposa, muy a pesar de la dolorosa pérdida de su bebé anhelado.

Finalmente, quisiera plantear que el llorar no debería ser parcelado o asignado a un determinado actor o miembro de la sociedad, el llanto no es potestad o privilegio de lo femenino o de los niños, el llorar no es sinónimo de debilidad, de ninguna manera. No puede sostenerse más, de ningún modo, el viejo precepto cultural tradicional judeocristiana que define el llorar como propio de mujeres y que el llanto connota debilidad; no, pues si hay seres fuertes y valientes frente al dolor son las mujeres, en especias las madres. Ya lo decía mi octogenario padre, ya fallecido, “solo quien ha sido madre sabe lo que es dolor.” El no expresarse o exteriorizar el dolor como lo hacen las madres, no hace insensible al padre, solo somos distintos; por lo tanto nos toca a todos, esposas y madres, esposos y padres, como en tantas cosas de la cotidianidad, buscar comprender las visiones y sentimientos de su pareja.

 

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