Vivir… a pesar de todo

victoria

Pude levantarme de la cama hoy. Merezco un trofeo por tal hazaña.

Quisiera estar dormida para siempre, o al menos hasta que todo este dolor pase.

Todos me alientan a seguir adelante pero no me dicen cómo, y les parece raro que haya cambiado tanto mi personalidad.

Me convertí en una vieja amargada, no sonrío, no hablo, no quiero escuchar conversaciones triviales. Nada de lo que la gente pueda decirme tiene importancia o si quiera interés para mí.

Quiero irme a dormir de nuevo, nadie sospecha que ha sido un triunfo el haber salido de la cama y haber preparado el desayuno de mi hijo mayor para que se fuera a la escuela.

Anda, puedes hacerlo – pienso – tareas cotidianas para recuperar mi vida de antes. O lo que se pueda recuperar.

Todo el día ando con cara de pocos amigos, llorando por los rincones o enojándome a la menor provocación. Mi hijo lleva la peor parte, por alguna razón necesito que sea perfecto y que no me de ninguna preocupación en estos momentos porque no tengo la energía para hacerme cargo de cualquier cosa que altere más mi ya de por si alterado mundo. Así que lo regaño todo el tiempo, por cualquier cosa y luego me arrepiento. Ahora soy una histérica.

Es solo un niño pequeño, y no creo que entienda por qué su madre cambió tanto que ya ni siquiera quiere jugar con él.


No quiero hacer vida social, ni hoy ni nunca, pero mi esposo me insiste mucho para ir a un bautizo. Cree que con eso voy a distraerme.

Estoy triste y no tengo ganas de ir a una fiesta y menos si es la fiesta de un bebé. El solo pensar en arreglarme me deja exhausta. Además mi ropa no me queda aún.

Han pasado unas pocas semanas desde que murió mi hija y no quiero tener que estarle explicando nada a nadie.

Al final me convenció y fuimos.

– Solo un ratito, ¿sí? – me dice mi esposo.

La pasé muy mal. La felicidad reinante era algo espantoso de ver para mí. Estuve toda la tarde esforzándome por no llorar y por sonreír un poquito, sentada lo mas lejos posible de la gente, hablando solo lo necesario. Las tías de mi esposo que no me habían visto me abrazan y me dicen palabras de apoyo. La mayoría de la gente ni menciona lo que pasó.

Pero logré una significativa victoria: pude reinsertarme a la vida social sin morir en el intento y sin agarrar a golpes a todas esas personas sonrientes e indiferentes a mi dolor.


Pienso que ya estuvo bien de lamentaciones. Si no puedo controlar todos los aspectos de mi vida, por lo menos volcaré mis energías en lo que sí puedo controlar: vuelvo a trabajar. El trabajo me distrae de estar auto- flagelándome. Resuelvo pendientes de meses atrás, cosas que debido a mi embarazo dejé para después.

El dinero nos había estado haciendo falta; pero milagrosamente, empezamos a tener suerte en los negocios por fin. Tal vez – pienso – no sea solo suerte. Es nuestro esfuerzo y María intercediendo por nosotros para que, por lo menos en este aspecto las cosas vayan mejor.


Un día cualquiera, de pronto, sentí hambre otra vez. Mi cuerpo me lo agradeció.

Otro día, me sorprendo a mi misma cantando una canción del radio. Tenía meses sin hacer eso.

Las cosas pequeñas y cotidianas logran que vuelva a sentirme una persona ” normal “: una taza de café en la mañana, un baño caliente, un nuevo proyecto en el trabajo, un libro nuevo, una película vieja; Los pájaros cantando en el jardín, el tranquilizador sonido de la lluvia en mi ventana o los grillos cantando afuera cuando me voy a dormir.

Quiero verme bonita de nuevo e inicio una rutina de ejercicios. Intento un cambio de imagen radical. Se me antoja cortarme el cabello cortitito, para verme muy diferente, que la gente no me vea con lástima. Soy otra ahora: la persona que era antes de María no existe más, así que quiero que las personas se den cuenta de esto.

No me atrevo a cortarlo tanto; pero igual se nota que me estoy recuperando.

Vuelvo a mi talla de siempre, mi ropa vuelve a quedarme y eso me anima un poco.


Hoy estuve riéndome mucho y jugando con mi hijo. Solo él pudo obrar tal milagro, me alienta a seguir viviendo y no solo sobreviviendo.

Me siento mal por todo el tiempo que no he pasado con él; estando ahí pero sin estar en realidad.

Inexplicablemente también me siento mal por empezar a sentirme bien. Me parece como una especie de traición al recuerdo de María. No quiero sentir eso, pero a veces es inevitable.

Quiero volver a ser una buena mamá. Que mi hijo no solo recuerde mis regaños y mi cara de tristeza.

Quiero volver a tener ganas de vivir y hacer planes para el futuro.

No quiero quedarme atada al dolor. Aún no se cómo.

El tiempo pasa, hago terapia, escribo, dibujo y todo eso me ayuda a sacar mis sentimientos.

Intento nuevas cosas, ( ir al gotcha, a patinar en hielo por ejemplo ), entiendo que la vida es corta e impredecible, y que hay que disfrutarla dure lo que dure. Si hubiera estado consciente de eso antes, habría disfrutado mucho más de mi embarazo.


Pude ir al baby shower de mi hermana. No estuvo demasiado mal. Ella nunca me insistió para ir, pero fue un reto que me puse a mi misma.

Nos pidió a mi esposo y a mí que seamos padrinos del bebé. Le dijimos que sí y este es un gran paso para mí. Aunque aún no sé como voy a sentirme cuando mi sobrino nazca. Mi hermana no me presiona jamás y la amo por eso.


Por fin dejé de sentir culpa por sentirme bien. ¡Es un triunfo enorme! Creí que no llegaría a suceder. Me volvieron las ganas de salir. Me di cuenta de que estoy muy cómoda en lugares donde nadie sabe lo que nos pasó. No hacen preguntas porque no saben, no porque me ignoren deliberadamente. No tengo que fingir nada, ni dar explicaciones.


Aún no puedo cargar a ningún bebé, pero ya tolero más estar en el mismo lugar que ellos. Hace unos meses no podía ni verlos; apenas sentía a alguno cerca, me daban ganas de salir corriendo. Igual con las embarazadas. Supongo que la terapia ha hecho su trabajo, pero también es una pequeña victoria mía: porque si no estas dispuesta a recuperarte ( de modo consciente o inconsciente) no habrá poder humano que te saque adelante.


Lentamente, volví a soñar con un futuro, a tener metas, ilusiones.

Mi vida dejó de ser gris. Ayudar a más gente que ha pasado por lo mismo, me ha ayudado a mí, mucho más de lo que creí posible.

Siento que le he ganado la guerra a la desesperanza.


Nació mi sobrinito, mi próximo ahijado. No pude ir al hospital a visitar a mi hermana por cuestiones de trabajo, pero estuve pendiente de lo que pasaba con ella y con el bebé. Por fortuna, todo salió perfecto. Me siento muy aliviada por esto.

Fui a visitar a mi hermana el fin de semana, y al ver al pequeño me conmoví profundamente. Era tan chiquito y tan perfecto… Lo cargué sin ningún otro sentimiento que no fuera amor.

– La sangre llama – me dijo mi mamá –

Es totalmente cierto.

Todos estaban muy al pendiente de mi reacción, y yo más que todos, pero este era mi sobrino, mi sangre y lo amé con solo verlo. Es el más grande de mis pasos hacia mi nueva vida, una vida que trasciende el dolor. Él no lo sabe aún, pero me dio un regalo enorme: el saber que puedo seguir adelante, a pesar de todo.


Mi sentido de supervivencia prevaleció sobre el oscuro deseo que en ocasiones tuve de querer irme con María. Nunca intenté nada para dejar de vivir, incluso en mis peores crisis, pero ese sentimiento llegó a estar en algún momento. Muchas cosas y sobre todo mi familia que aún me necesitaba me ayudaron a aferrarme a la vida y a pedir ayuda para poder salir adelante, para volver a tener una vida feliz. La suma de pequeñas victorias diarias, insignificantes para el resto de la gente, pero muy significativas para mí, me ayudaron a poder levantarme y sonreír sin culpas.

Ahora son las esperanzas para el futuro lo que me mantiene en pie, igual que antes de María. Y quien sabe, tal vez hasta podría haber un arcoíris en ese futuro.

 Así que, solo me queda decirte una cosa: ¡adelante! Vive la vida ahora, a pesar de todo, con todo lo que traiga: laméntate, llora, pero también alégrate por cada una de tus pequeñas victorias y nunca las subestimes, porque cada una de ellas es un triunfo personal en la batalla para sobrevivir al peor dolor al que alguien puede enfrentarse: perder a su hijo y debido a esto, perderse a si mismo.

No bajes los brazos, vive. Estoy segura que conseguirás volver a ser felíz.

9 comentarios en “Vivir… a pesar de todo

  1. Hola sabes leyendote me parece q sea yo quien haya escrito esto…. tmb quise morirme aunque jamas hice nada x quitarme la vida… tmb me he sentido mal xq aveces río y me parece q no esta bien… tmb nacieron mis sobrinos y con su varita vi amor y es lo q me inspiran… tmb quería pegarle a mucha gente x sonreír y no estar apegados a mi dolor pero tmb entendi q hay q seguir x amor a Dios a mi esposo a mi familia a mis amigos q jamas me abandonan y x el amor a mi pequeñito hermoso y a valorar su vida en la tierra se q la Gaby de antes ya no existe.. pues a raíz del nacimiento de Danielito yo cambie muchisisimo… ahora tmb cambie mi look den cabello y hasta me visto mejor q aquellos trapos negros q usaba x mi duelo… no lo niego todos los días extraño a mi pequeñito aun digo cuando veo a un niño así estuviera mi chiquito… han sido los 13 meses mas duros tristes y de cambios en mi vida

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    • Gracias Lorena. Que gusto poder poner en palabras lo que se nos ha pasado por la mente a todas las personas que vivimos esta terrible experiencia y hacerlas llegar a quien aún no se siente preparado para romper el silencio ( o sí ). Todos nos sentimos igual, la universalidad de los sentimientos es tan pasmosa… y por eso nos identificamos tanto con otros padres en duelo. Nadie más lo comprende, si no lo ha vivido, lo sabemos bien.
      Un abrazo!

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  2. Aún estoy en proceso de no poder mirar bebés yo también tengo sobrinitos mellizos 2 meses más grandes que mi Caeli y no puedo, a mi no m inspiran amor ni ternura, tengo un sentimiento de envidia muy grande 😦 y me hace sentir la persona más mala de este mundo, y me culpo por tratar de estar feliz y me olvido de ella, no la quiero olvidar.!

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    • Eso que sientes, Abbi, es parte de un proceso. A mi me llevó bastante tiempo ( años ) poder llegar al punto en el que estoy ahora. No te sientas una mala persona, no lo eres. Eres una madre sometida a una presión tremenda porque la sociedad piensa que tienes que estar bien casi casi al día siguiente de la muerte de tu hijo. Eres una madre en duelo y la envidia que sientes todos los que hemos pasado por esto la hemos sentido. No te presiones, vive tu proceso como es, con todas sus etapas. Es el único modo de conseguir volver a sonreír y ser feliz sin culpas. Un abrazo fuerte!

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