En el lugar de la indiferencia

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Grité, pero parecía que nadie me escuchaba.
Le rogué a Dios que todo fuera una equivocación, pero él estaba sordo.
Todos siguieron indiferentes haciendo su trabajo. Al fin y al cabo, solo era un trabajo más, estaban cansados, hartos, luego de 24 horas seguidas de guardia. Parecía que ser fríos e insensibles los hacía totalmente eficientes, tal como si fueran robots. No conectarse con el sufrimiento o la alegría de las vidas a su cargo les permitía seguir con la suya, desconectarse, una vez que cruzaban las enormes e impersonales puertas de cristal de la salida del hospital.
No se mueva  señora – miró el monitor enfrente de nosotros, pero no a mí – antes de proceder a sacar el “ producto “, necesito que mi compañero corrobore la situación.

El “ producto “ era mi bebé, y la “ situación “, que él había muerto, por supuesto. Una curiosa forma de describir a la muerte más indescriptible.

Al parecer, las causas de su partida no importaban de momento. Lo importante era sacarlo, sacarlo pronto, sin importar lo que yo sintiera o pudiera opinar. Como si mi bebé fuera una enfermedad.
De todos modos, yo estaba en shock, y no podía pensar con claridad.

Mi esposo estaba afuera, en la sala de espera, completamente ajeno al drama que estaba viviendo en el cuarto de los ultrasonidos,- solo la mamá puede entrar, por favor – nos habían dicho. Así que yo estaba adentro sola, con dos doctores y una enfermera, pero completamente sola, enfrentando aquella terrible noticia, la que en segundos cambió por completo mi vida, mis sueños y planes futuros.
Nadie me había dicho siquiera un “ lo siento “. Después de todo, no había muerto un bebé, se había perdido un producto.

Las lágrimas y las luces blanquísimas de los tubos fluorescente me cegaron. Solo podía escuchar a los doctores comentando el procedimiento a seguir para sacar de mi vientre lo que yo más quería en el mundo: mi hijo. Siguieron ignorándome; yo no era una madre en pena, era una caso para un expediente, y al parecer, no tenía voz ni voto. Era como si estuvieran tratando con un maniquí y no con una persona.

La enfermera me pasó un pañuelo de papel para limpiarme el gel frío que aún cubría mi piel. Lo hizo de un modo completamente mecánico, y su voz sonó igual cuando me dio instrucciones de que lo que tenía que hacer. Sus ojos estaban vacíos y ella inmersa en sus propios pensamientos.

Por fin, uno de los doctores se dirigió a mi con voz neutra.
Pues, como ya le habíamos comentado, el feto no presenta latido cardiaco. Lo que vamos a hacer ahora es llevarla a una habitación para inducir el parto mediante medicamentos. Es un procedimiento que puede ser algo tardado, así que por favor tenga paciencia. En unos momentos, mi compañero el doctor González, va a avisarle a su familiar sobre la situación.

Luego se dirigió a la enfermera y ya no volvió a hablar conmigo. Yo quería ser la que le diera la mala noticia a mi esposo, quería que me abrazara fuerte, llorar juntos; pero todo eso estaba fuera de discusión. Escuché a la enfermera como a lo lejos, decirme que iba a prepararme para que me quedara internada y que tal vez podría ver a mi esposo en unas horas. Yo seguía llorando bajito, porque aunque quería gritar, nadie iba a escucharme.

Después de un rato que me pareció eterno, entró un enfermero con una silla de ruedas. Me sentó en ella y con muy poca delicadeza me avisó que iba a llevarme a la habitación donde quedaría internada para llevar acabo el “procedimiento “. Al salir, escuché en el pasillo los llantos de los recién nacidos, que a gritos, iniciaban su vida. Quise salir corriendo de ahí.

Mil veces me imaginé en ese mismo lugar, pero no así. ¿Acaso una vida humana, por pequeña que sea, cuando se pierde, les importa tan poco? Me sentí dentro de un mundo surrealista, donde a las madres que pueden dar a luz bebés sanos y vivos, las felicitan tanto, y a las madres como yo, ni una pequeña palabra de consuelo nos podían ofrecer. Nosotras necesitamos más atención, más empatía y a nadie parecía importarle.

Llegamos por fin a la habitación, yo con miles de dudas en la cabeza, con los ojos hinchados de llorar. Me acostaron en una cama fría, rodeada de otras camas, con mamás felices esperando el turno de que las llevaran a parir a sus hijos perfectos y sanos. Eso ya fue demasiado. Me quise morir junto a mi bebé.

Todas platicaban a volumen muy alto, unas contaban contracciones, los doctores y enfermeras iban y venían. Yo sentía que estaba dentro de un horrible sueño. Seguro que eso era, la realidad no podía ser tan aterradora, un embarazo tan feliz y tan deseado no podía terminar de esta manera. Miré hacia abajo: mi vientre estaba terriblemente estático. Eso me regresó de golpe a la realidad y me confirmó que sí, que eso de verdad estaba pasando.

Una enfermera ya mayor me empezó a conectar unos tubos y a pasar medicamentos por ahí. Los procedimientos siguientes fueron horribles e incómodos y por supuesto, nadie me dijo que era lo que me estaban suministrando. Ahora solo quedaba esperar, mientras moría de frío y mi corazón hecho pedacitos estaba en carne viva.

– ¿Qué fue lo que hizo señora? – me preguntó la enfermera luego de un rato mientras llenaba unos papeles.
– ¿Perdón? – contesté confundida.
– Sí, qué fue lo que se tomó, o qué hizo para abortar. Bueno, para intentarlo, porque lo que hizo no le sacó al feto, solo lo mató.
Me le quedé mirando sin poder creer lo que decía. Por un momento no supe ni que contestar.
Porque, yo digo – continuó sin esperar a que le contestara – que si no quieren un hijo, ¿para qué se embarazan? ¿para qué andan de locas? es tan fácil cuidarse ahora y hay tantas cosas, ¡qué ya ni la friegan!

Su mirada acusadora me revolvió el estómago. Se dio la vuelta y se fue hacia la cama de la paciente siguiente, a continuar con su trabajo. Ni siquiera me dio tiempo de defenderme, de desmentirla. Solo me quedé mirando al techo sin poder creer lo que acababa de pasar.


Pude ver a mi esposo un par de horas después, como por 5 minutos. Nos abrazamos y lloré a gritos. Él trataba de hacerse el fuerte, pero sentí sus lágrimas tibias cayendo sobre mi frente. Me dijo que resistiera, que me amaba, que todo saldría bien. Quería irme con él, que me sacara de ahí, pero al final él se fue solo, secándose las lágrimas cuando la enfermera le pidió que lo hiciera, tropezando con las otras camas.

Seguí llorando en silencio, las lágrimas cayendo una a una sobre la blanca sábana de hospital, pensando en mi hijo que no tenía nombre porque su papá y yo no lo habíamos decidido aún y pensando que ya no tenía ni sentido buscárselo. Pensé en su cuarto perfectamente arreglado, la cunita azul pastel, la ropa y los juguetes que ya nunca usaría.
Estaba pensando en el álbum que se quedaría vacío, en todas las cosas que teníamos planeadas y ya no pasarían; hasta que llegó la doctora del nuevo turno. Entró con mi expediente en la mano, leyéndolo. Me sonrió.

A ver señora, ya no esté llorando, que no pasa nada. Va a ver que el año que entra, a estas alturas, va a estar ya buscando un nuevo embarazo. ¡Igual y hasta le salen gemelos! Y verá que este episodio solo fue un mal trago.

¿Mal trago? era mi bebé, por Dios. Y además, yo no quería otro bebé o dos. Yo quería a éste. Intenté decir algo y de mi garganta solo salió un gemido.
Comenzó a revisarme y luego salió. Me sorprendió que sus intentos de animarme me molestaran más que la acusación de la enfermera de que había intentado abortar. Supongo que fue porque minimizó a mi hijo hasta ponerlo al nivel de “ un mal trago “.

¿Para que contar lo que sucedió horas después en la sala de partos? si el dolor físico que padecí, nunca va  compararse con el dolor emocional, mental, en el corazón que experimenté al ver a mi hijo salir de mi cuerpo, sin vida. En cuanto lo sacaron, se lo llevaron. No me permitieron más que verlo de lejos; nadie me ofreció poder cargarlo, darme tiempo para despedirme de él. Todo se resumió a una imagen borrosa de mi hijo, y es lo único que conservo de él.

Pero lo peor vino después. Me llevaron en una camilla a la habitación a recuperarme, a esa habitación donde todas las mamás felices, cargaban y alimentaban a sus bebés, mirándolos fascinadas. Fue el infierno mismo en la tierra. Una total desconsideración hacia las madres que como yo, no tenían a sus bebés a su lado. No había sensibilidad alguna de parte de nadie. Sentía que a nadie le importaba y con sus acciones, me demostraban que en efecto, así era.
Lo único que recibí fue las miradas de lástima de las demás madres, que por cierto, tampoco me ayudaban a sentirme mejor. Los llantos de los niños los sentía como una puñalada en el estómago.


A la mañana siguiente me dieron de alta. Mi esposo se encargó de los trámites para cremár a nuestro hijo. La burocracia fue otra pesadilla a la que tuvimos que enfrentarnos, aunada al hecho de que en el papel ni siquiera constara que había muerto un niño, porque para nadie lo era, excepto para nosotros. Las respuestas que jamás nos dieron acerca de su muerte fue algo muy difícil de digerir.
Salimos del hospital con los brazos vacíos, fue algo tan duro que no se le desea a nadie. Cuando estaba afuera recordé algo que tenía que hacer. Entramos de nuevo buscando en la recepción, el libro de quejas y sugerencias. Tomé la pluma y escribí:

Soy una madre que perdió a su hijo. Mi hijo no es un producto o un feto, mucho ayudaría si se refirieran a él con más respeto. Harían bien en empezar por preguntar su nombre, si lo tiene, y si no, díganle simplemente el o la bebé. No pretendo enseñarles cómo hacer su trabajo, pero me gustaría que repasaran bien sus procedimientos en casos que, como en el mío, ese bebé muere.
Yo no sufrí violencia, malos tratos físicos o negligencia alguna. Pero señores doctores, la indiferencia también es devastadora en estas situaciones. No estoy exagerando: cualquiera que haya pasado por algo así puede corroborar lo que digo. Tampoco ayudan los comentarios acusadores y menos los que minimizan nuestro dolor.
Las cosas serían un poco menos difíciles para los padres en duelo, con algo de empatía de su parte.
Expliquen los procedimientos con tacto y delicadeza, miren a los ojos a sus pacientes. Denles tiempo a los padres de tocar, de cargar, de despedirse de su hijo. Por favor recuerden que están tratando con personas que están pasando por una tragedia. Hagan los trámites burocráticos más livianos. No metan a la madre que perdió a su hijo en la misma habitación que las madres que sí tienen a los suyos en los brazos. Es una tortura.
Ojalá recuerden ésto la próxima vez que desgraciadamente, tengan que tratar con otros padres en nuestra misma situación. Volverían a ser humanos tratando a otros humanos. El mundo sería un poco mejor si recordaran que están aquí para sanarnos, no para hacernos sentir peor. 

Salí por fin al frío aire de otoño, del brazo de mi esposo, a enfrentar esta nueva y muy triste realidad, con mi hijo clavado en el corazón; preparándonos para ir a cremárlo. Ojalá que lo que escribí en aquel libro toque un poco a ese personal médico. Ojalá que a los siguientes padres, los traten mejor.

3 comentarios en “En el lugar de la indiferencia

    • En efecto Evelyn, los doctores son los mismos, pero hay alguno que en algún punto de sus carreras olvidaron la parte humana… Ojalá recordaran que nosotros confiamos en ellos y lo que nos pasa no es una cifra, una estadística. Tal vez así nos allanarían un poquito el camino.
      Un beso enorme linda!

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  1. Es un dolor incomparable, un dolor en el corazón.. Tan identificada con tus palabras… Igual me paso, hasta ahorita lo que más recuerdo es estar ahí junto a todas las futuras mamás que entraban en labor y escuchar el aparatito que les ponen para escuchar los latidos del bebé… Lo peor es escuchar cuando nacía un bebé, su llanto… Mientras yo ahí acostada esperando que me pasaran 😦 gracias a Dios hoy estoy embarazada de nuevo después de 3 años y todo parece estar muy bien desde el inicio del embarazo.

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