La muñeca de mamá

muñecaUn destello de sol la hizo cubrirse los ojos. Tomó la cobija color rosa y cubrió el cuerpecito como si fuera un capullo. Estaba bastante soleado aunque hacía mucho frío esa mañana de febrero. Pero estar en el balcón de su ventana le encantaba, siempre, desde que se mudó a esa casa con Pablo, su esposo. Y luego, cuando estaba embarazada, le gustaba salir a tomar el aire ahí y ver la ciudad cuando estaba despejado, como hoy.
Mi pequeña mariposa – abrazó el bultito arropado con la cobija y sintió su peso reconfortante – creo que alguien nos está vigilando de nuevo – susurró bajito, casi para sí misma – a la gente le encanta el chisme, ¿ verdad ?
Subió un poco más la cobija, hasta cubrir la cabecita de rizos castaños. Miró de reojo al edificio de enfrente y vio a dos señoras de edad espiándola por su ventana y hablando entre sí.

Pues sí, hermosa, sé perfectamente de que están hablando. Pero no me importa. Ya entendí que solo importa lo que me haga bien a mí, muchas gracias – les sonrió a las señoras y se metió en la casa.

Las dos señoras abrieron unos ojos enormes por la sorpresa de verse sorprendidas.

¡ Mírenme ! miren y tengan de que hablar, par de chismosas. Digan que estoy loca, porque a lo mejor sí lo estoy, pero ¡ soy una loca que no se mete con nadie ! – Dejó a  Marianita envuelta de pies a cabeza en la carriola y fue a prepararse un café. Todavía sonreía.


Estaba lavando la ropa de su princesa, a mano, como a ella le gustaba. La ropa delicada de bebé siempre debía lavarse así, en su opinión.
Sacó del cesto el vestidito color crema con flores que le había regalado su prima Lula en el baby shower para la bebé. Lo talló suavemente con el jabón neutro y lo enjuagó.
Luego sacó la blanquísima cobijita tejida que le regaló su abuelita Vera, y la frotó contra su mejilla… era tan suave y hermosa, y había sido hecha con muchísimo amor para su nieta y su bisnieta – Te extraño tanto viejita chula – se “ secó “ una lagrimita con el dorso de la mano mojada – ojalá estuvieras aquí, tú sí me entenderías.

No pudo terminar ya con la ropa, tendió lo que había lavado y fue a sacar a Mariana de su cuna. Necesitaba abrazarla cuando toda la nostalgia amenazaba con desbordarse. Eso siempre le traía paz y la vez, la traía de regreso a la realidad.


A las 8 de la noche la encontró Pablo sentada en la mecedora, a media luz, con un libro en una mano ( no necesitaba leer el título para saber cuál era. Ella siempre leía “ Cien años de soledad “ cuando se sentía triste ) y meciendo el “ portabebé” con la otra. Levantó la mirada cuando oyó la puerta abrirse.

No te levantes – le dijo con un intento de sonrisa en los labios – solo vengo por los papeles que te había dicho y tengo que volver a la oficina. ¿Te sientes bien?
Me duele la cabeza un poquito, pero ¿no quieres que te prepare un chocolatito caliente, algo de cenar ?
– No te preocupes, tú sigue con lo tuyo. Te digo que tengo que regresar rápido. ¿ Tú comiste ?
Pues no me dio hambre – dijo como quien confiesa una travesura.
Ya no se que hacer contigo – dijo Pablo.

Se metió al cuarto pintado de rosa que le había servido de oficina hasta hacía poco, encontró lo que buscaba y salió cerrando despacito esa puerta que rechinaba, en un intento de no hacer ruido.
Buenas noches Nina – le dijo con los ojos entornados – que descanses.

Nina le sonrió desde la mecedora. Siguió meciendo a Mariana en el portabebé hasta que Pablo cerró la puerta tras de sí. Entonces se tapó la cara y dio rienda suelta a su llanto.


Hoy que amaneció tibio el ambiente quiso salir a caminar al parque con Mariana. Eso de estar encerrada todo el día por el clima tan frío le había estado afectando el ánimo.
Tomó el “ canguro “ y se lo puso. Luego acomodó a su princesa en él y decidió no llevar cobija ni nada.
Nos hace falta tomar sol nena, estoy muy pálida y hay que aprovechar – le revolvió el cabello y se rio.
Apenas salió comenzó a sentirse mejor. Casi no se cruzó con nadie en la calle y por instinto miró al edificio de enfrente. Por supuesto, ahí estaban las dos chismosas.
Se sentía tan bien que hasta las saludó con la mano y se alegró de que se desconscertaran tanto con su gesto que hasta habían cerrado las cortinas.
Pobres mujeres – pensó – ¡ cómprense una vida !

Llegó al parque y ahí sí que había gente. Gente corriendo, haciendo ejercicio. Gente sentada en las bancas, leyendo, con su café en vaso de unicel al lado.
Pero sobre todo había mamás con niños, niños en carriolas, niños de la mano, niños correteando. Se sintió parte de ese club por un segundo, intercambiando sonrisas cómplices con ellas.

Se sentó en el pasto, junto a unas diminutas flores blancas, sintiendo el sol calentar su piel; muchas mariposas amarillas revoloteando a su al rededor. De reojo vio como se iban acercaban dos muchachitas de unos 14 o 15 años.
¡ Hola ! saludó una ellas –¿ podemos cargar a tu bebé, por favor ?  es que nos gustan mucho los niños chiquitos
¡ Claro ! Ella felíz. Se llama Mariana.

Nina sacó del canguro a Mariana y se la pasó a la chica pecosa, quién ya había extendido los brazos para tomarla. Los enormes ojos almendrados de Mariana brillaron, tan hermosos y tranparentes. Su cabello castaño se agitó con el viento suave. Era en verdad una preciosidad. Nina estaba muy orgullosa y sonreía tanto…
¿Verdad que es muy bonita ? – dijo – Tiene los ojos de su papá. Y mi boca.

La chica pecosa tomó a Mariana y en cuanto lo hizo, supo que algo estaba mal. El peso estaba bien, pero, el tacto… Miró a la niña y entendió por qué.
Volteó a ver a su amiga con los ojos muy abiertos y sin color en la cara. La otra chica miró también a la bebé y luego a su amiga de nuevo. Tomó a Mariana y se la regresó a Nina sin mucha delicadeza.

Está bien bonita. Hasta luego señora. Gracias.

Agarró a su amiga pecosa de la mano, y sin saber que más decir se fueron caminando a un paso que más bien parecía un trote y cuchicheando algo que Nina bien conocía. Cada tanto volteaban a ver a esa extraña mujer que ya había vuelto a meter a Mariana en su canguro y le acariciaba el cabello.

Ya sabía que esto iba  pasar nena. Por eso no salimos tanto como me gustaría. – susurró Nina como para sí – será mejor que regresemos a la casa. Tal vez Pablo se compadezca de mí y pase a visitarme hoy.


Muchos pensaban que Nina estaba loca por hacer lo que hacía, pero ella sabía bien que no era así. Estaba bastante consciente de todo y sus facultades mentales estaban en orden.
Dos años antes había estado embarazada y felizmente casada con Pablo.
El embarazo la había tomado por sorpresa, así que había dejado de trabajar y después de los ajustes iniciales de su vida y de su cuerpo, comenzó a sentirse muy feliz. Fue un embarazo tranquilo, completamente normal.
A los 5 meses se enteró que era una niña y decidieron ponerle Marina. Hubo un baby shower cuando ella tenía 7 meses, lleno de regalos muy lindos; fue una fiesta muy divertida, con gente muy querida.
A los 8 meses le pidió a Pablo que pintara el cuarto contiguo al suyo de color rosa: ese sería el cuarto de Marina. Una semana después murió su abuelita Vera. La cobijita blanca fue su último regalo y el más preciado.
Unos dijeron que fue la impresión por la muerte de su abuelita, pero ni los doctores supieron por qué se adelantó el parto. Nina dio a luz unas semanas antes de lo planeado a una preciosa niña de piel muy blanca y ojos almendrados. Pablo, feliz, le tomó su primera foto en la incubadora. Una fina pelusita castaña le cubría la cabeza, como si fuera un durazno.

Pero en algún momento algo salió muy mal, y mientras Nina seguía en el hospital recuperándose de la cesárea, Marina pescó una infección que la mató.
Solo tenía 2 días de edad.

Nina salió un par de días después, con el corazón roto y los brazos vacíos. Llegó a su casa colgada del hombro de Pablo, hecha un mar de lágrimas. El cuarto rosa todavía olía a pintura fresca.
Pasaron las semanas y Pablo nunca encontró valor para volver a pintar el cuarto, así que lo dejó así y decidió instalar una oficina temporal ahí para acompañar a Nina en su recuperación.

¿ Dónde está toda la gente que vino al baby shower, Pablo ?  – le preguntaba a gritos –¿ Por qué ya nadie viene ? ¿a  nadie le importa que se haya muerto mi hija ?
Si les importa Nina, pero ya pasaron 2 meses. La gente siguió con su vida.

Así pasó casi un año y Nina no había acabado de aceptar su nueva situación. Estaba todo el tiempo triste, cabizbaja, embebida en sus pensamientos, casi sin hablar y sin comer.
Estaba pálida y en los huesos. No quería salir, no quería ir a terapia. Y justo entonces Pablo tuvo que ir a un viaje de trabajo. No quería dejarla sola, pero tampoco pudo evitar sentir alivio de poder salir de esa casa lúgubre, llena de tristeza y de recuerdos.

Cuándo regresó un mes después, la encontró transformada. Apenas entró, lo tomó de la mano y lo hizo correr a su lado hasta la habitación de ambos.
Mira – le dijo – Se llama Mariana.
Pablo no podía creerlo. Nina había sacado la cuna de donde había estado empolvándose en el sótano y la había subido al cuarto, al lado de su cama. Y ahí estaba. Una muñeca igualita a Marina, hasta en el mínimo detalle, pero con el cabello más largo.
¿ Qué es esto Nina ?
¿ Pues qué parece que es? es una muñeca. Mariana. Ya sé que no es nuestra hija y por eso solo se llama parecido, no igual. Es muy reconfortante poder abrazarla. Hasta pesa lo que pesaría un bebé recién nacido, mira, cárgala.
No, muchas gracias. Te creo.

A Pablo le parecía extraño, incluso enfermizo. Pero Nina parecía estar de nuevo casi bien.

Luego le contó como había pasado todo. Uno de esos días que más triste estaba y que más sola se sentía vio por televisión un reportaje sobre esas muñecas, se llamaban “ reborn dolls”. Eran muñecas que tenían un parecido increíble a un bebé real, con el peso y todo, pero no eran juguetes. Investigó un poco más y se enteró que podían hacerle una reproducción de su hija, si tenía una foto de ella. También supo que eran muy caras, así que tomó los ahorros que tenía guardados para la andadera, la bañera, los pañales y más cosas que nunca compró y mandó pedirla por internet. No podía esperar a que llegara su paquete.
Desde que la vio se enamoró de ella. Y sacó todas las cosas que Marina no pudo usar, incluso su ropa. Y con ella vestía a la muñeca.
Comenzó a sacarla  a pasear, y al principio la gente no se daba cuenta de que era una muñeca, pero si se fijaban bien lo notaban. Como ese par de viejitas chismosas que siempre la miraban con cara de reprobación.

Pobrecita muchacha – se decían una a la otra cuando la veían pasar – cree que ese juguete es su hijita muerta. Ojalá Dios le abra los ojos o acabará loca.

Pablo acabó por dejarla. No podía entender el comportamiento de su mujer. Tampoco pudo con las habladurías de la gente y la presión de su familia que le decía que tenía que internarla en un psiquiátrico. Solo iba de vez en cuando por cosas que había dejado en la casa, y para asegurarse de que Nina seguía con vida. A veces tenía la ligera esperanza de que al llegar la encontraría alejada de la muñeca, pero eso nunca pasaba.
Una vez había intentado cambiarle la muñeca por un cachorrito. Nina le había dicho: ¿ Y cuál es la diferencia ? la gente va a pensar que ahora creo que un perro es mi hija. Porque creen que estoy loca, ¿ sí sabías eso, no ? Cuando alguien piensa eso de ti, todo lo que hagas se lo atribuyen a la locura.
Pablo no tuvo argumentos y no lo volvió a intentar.

Nina sabía la diferencia entre esa muñeca y su hija muerta. Ella no estaba fuera de la realidad. Pero esa muñeca la hacía sentirse mejor porque podía tocarla, era algo palpable, y podía volcar ahí todo su amor y sus cuidados. Muchos días se seguía sintiendo triste, por supuesto. Pero tener a Mariana la reconfortaba.
Ella nunca olvidaría a su hija y esta muñeca definitivamente no la sustituía. Como no lo haría otro hijo. Marina había sido única y esto solo llenaba un poquito el vacío sin sentido en el que se había transformado su vida. La muñeca podía no ser real, y ella lo tenía muy claro, pero su amor por su hija sí lo era.
Y si eso le ayudaba, era todo lo que necesitaba. No importaba que dijera o pensara la gente. Después de todo, esa misma gente era quien la había ignorado.

– Voy a hacer lo que me haga sentir mejor. Aunque los demás no lo entiendan. Aunque me señalen. aunque les parezca absurdo.  Aunque todos me juzguen. Ninguno de ellos está en mi lugar. Y ojalá nunca lo estén.

5 comentarios en “La muñeca de mamá

  1. Que triste!!! creo que a todas nos pasa, solo que algunas estamos tan fuertes por que DIOS asi lo quiere que no llegamos a esto… la forma en que cada una vive la pérdida de nuestros angelitos es tan indescriptible…. Abrazo fuerte fuerte para todas…. y aqui seguimos adelante!!!

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  2. Despues de mi primer aborto me regalaron un cachorro y en parte me ayudó porque yo tenia mucho amor que dar y no tenia a quien darselo, me hacia reir cuando estaba triste, y por un momento me obsesioné con él, pero despúes se me pasó, ahora es un amigo, lo quiero mucho, pero estoy consciente que no es mi hijo, es solo un perro.

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  3. En los primeros momentos que murio jose sentia que me iba a volver loca….tenia momentos de dolor incontrolado, imparable,desequilibrante, salia a caminar al parque y gritaba su nombre al viento….queria correr, escapar de esta realidad incomprensible y abrupta para mi….despues mucho tiempo sentia que jose estaba en mi como si todavia estuviera embarazada aunque sabia que no lo estaba, le hablaba y todo, abrazaba su almohadon de amamantar que nunca pude usar como si fuera ella….hasta que un dia que estaba muy mal y me dormi llorando me desperte al otro dia como con una revelacion…es momento de comenzar el desapego…pasar a otra etapa…te estas estancando…y asi sucedio.
    Son cosas muy raras que me pasan desde que jose murio, me pasaban en esas noches largas de llanto ininterrumpido y ahora me pasan durante los sueños, yo quiero creer que es ella ayudandome a sali a delante
    Por eso en este cuento y en los comentarios que han hecho otras mamas me siento identificada y un poco menos sola en esta experiencia. Gracias a todas!

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