“Mi albaricoquito bebé” | #pedacitodecieloencasa

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Siempre me gustaron los albaricoques. Cuando iba a comprarlos procuraba escoger los mejores. Me fijaba en que estuvieran bien anaranjados.
Antes de comerme uno lo deslizaba suavemente sobre mis mejillas. Me parecían muy tiernos. Quizá sin darme cuenta los asociaba con los bebés, tan pequeños y dulces…

Un día de octubre descubrí mi primer embarazo. Fui inmensamente feliz. No se trataba de un embarazo deseado. Mi esposo y yo todavía no planeábamos convertirnos en padres. Pero todo cambió para los dos. Yo llevaba dentro de mí un albaricoquito, un tierno fruto que me aromaba de dulzura.
De modo que el embarazo inesperado abrió un lugar especial en nuestros corazones. Deseábamos a nuestro bebé.

Me da una tristeza profunda decir que no nació. Mi albaricoquito lindo se desprendió de su rama. Su tiempo dentro de mí fue muy corto. Por eso la gente no supo comprender nuestro dolor. Para las demás personas yo había perdido un embarazo, no un hijo.

Mi esposo y yo recibíamos comentarios desagradables cada vez que intentábamos hablar de Tiago con alguien. Los que no se quedaban callados cambiaban de tema. Los que no cambiaban de tema nos decían que no podíamos saber qué iba a ser. ¡Ni siquiera tenía forma humana!

Yo trataba de explicar. Había soñado con el niño, eso quería decir que era un niño. Le habíamos puesto nombre. Para nosotros sí era alguien.
Pero no nos comprendían. Nos decían que estábamos haciéndonos daño, que había que dejar el pasado atrás.
¿El pasado? Un hijo es para toda la vida y no se puede dejar atrás.

Seis años después de la pérdida de Tiago, mi esposo me compró un albaricoque, uno solo, y me propuso que sembráramos un árbol en memoria de nuestro hijo.
Su propuesta me hizo llorar de ternura. Me sequé las lágrimas con el albaricoque y me lo comí, imaginando que era una manera de volver a colocar a Tiago dentro de mí.

Sembramos la semilla. A medida que pasaba el tiempo veíamos cómo iba creciendo el árbol. Era emocionante y tremendamente sanador.

En cierta ocasión encontré una flor pequeñita y delicada. Había nacido al pie del árbol.
Pocos días después me anunciaron que estaba embarazada.
¡Volvíamos a ser padres!

Tuvimos una niña, una florcita. La llamamos Esperanza. Sentíamos que la vida nos estaba sonriendo de nuevo.

Una noche soñé que estaba sola en el jardín. El árbol se veía lleno de albaricoques. De repente se me acercó un niño y me habló.

― Regálame uno de esos ― y señaló los albaricoques maduros.

Había una mezcla de tristeza y ternura en sus ojos claros.

― Siempre paso por aquí ― me dijo ―, ese árbol me gusta.
― ¿De verdad? ¿Te gustan los albaricoques? Si quieres voy a buscar una bolsa para echar varios…
― No ― me respondió el niño ―, yo sólo quiero uno que se parezca a mí.

Lo miré a los ojos. ¡Dios mío! ¡Era Tiago! Rompí a llorar y lo abracé con fuerza.

― ¡Tiago! ¡Eres tú! ¡Ay, mi niño adorado! ¡Viniste a verme, mi amor!
― Mamita ― me dijo él, con su vocecita quebrada ―, yo pensé que ya no te ibas a acordar de mí.
― No, Tiaguito lindo, tu papi y yo siempre nos acordamos de ti. Pero dime, hijito, ¿por qué creíste que nos íbamos a olvidar de ti?
― Porque la gente siempre les pasaba diciendo que tuvieran otro bebé para dejar de pensar en mí.

Un dolor agudo traspasó mi alma.
― Me ponía muy triste cuando me decían eso, yo quería que entendieran que te teníamos a ti, aunque estuvieras en el cielo y no aquí.
― Mami, yo los amo, díselo a papá, yo los amo.
― Sí, mi amor, yo se lo diré a papá, que también te ama muchísimo. Los dos te amamos infinitamente, Tiaguito, mi niñito precioso.
― Y también dale un beso a mi hermanita.
― Claro que sí, hijito, y le vamos a hablar de ti, para que ella también te ame como nosotros.

Sequé las lágrimas de mi niño. Me dolió profundamente que me pidiera un albaricoque de regalo cuando el árbol entero le pertenecía. Se lo dije. Le dije que ya no tenía que mirar el árbol con deseo, porque era suyo. Todos los albaricoques eran suyos. Su papi y yo habíamos sembrado ese árbol para él.

Me llené de felicidad al ver la sonrisa de mi hijo. Desperté empapada de lágrimas y fui corriendo a abrazar el árbol.
Sollocé y lloré hasta secarme. Corté unos albaricoques y los usé para prepararle una compota a Esperancita. Mientras se la daba, le contaba que tenía un hermano mayor. Que desde el cielo le enviaba un beso. Un hermano mayor que era dueño de un árbol de albaricoques.

― Qué bueno es mi hermano ― me dijo Esperancita ―, porque me regaló comida de su árbol.

 

**Gracias a Larissa, mamá de Tristán, por compartir con nosotras esta hermosa historia!

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