Sobreviví a las fiestas de fin de año

Hemos empezado un nuevo año.

El 2016 ha llegado imponente, con la ilusión de que para muchos de nosotros pueda ser un poco mejor que los años que se han ido. Sin embargo, hay que ser honestos y decir que también para muchos de nosotros, las fiestas fueron complicadas. Las semanas anteriores a Navidad y Año Nuevo sentíamos una creciente ansiedad en nuestro pecho, que nos avisaba que prontamente saldríamos de nuestra zona de comfort, en donde las juntas familiares o con los amigos harían mucho más visible ese lugar en el cual nuestro o hijo o hija debería haber estado, y que en cambio, se encontraba vacío. En mi caso particular, este año decidí nuevamente no hacer nada especial, y no porque mi hijo me haya relegado a un lugar sombrío y lleno de pena, sino que porque nunca fui fanática de las fiestas de fin de año, es más, siempre las odié. Pero accedía a celebrarlas y a armar árboles de navidad y otros, como manera de agradar a los demás. Si hay algo que sin duda debo agradecerle a mi hijo, es la fuerza que me ha dado para hacer cosas que antes jamás hubiese hecho, como por ejemplo, decir “no”.

Pues bien, Nochebuena la pasé en mi casa con mi esposo, eso si con mucha pena. Hace tiempo no sentía esa pena que ahoga, no se si fue la festividad en sí o el estrés de fin de año, pero me di permiso de llorar hasta cansarme. Luego de hacerlo sentí como un peso se salía de encima de mi cuerpo, respiré tranquila, aliviada. Las lágrimas tienen ese poder curativo de poder limpiar hasta el alma más atribulada. Luego recibí una llamada sorpresiva, una de las mamitas del grupo de duelo al que pertenezco, y cuyo hijito está en el mismo parque que el mío me llamó. Vino a buscarnos a mi y a mi esposo, y junto con ella, su hermana y su hijo fuimos al parque. Mi hijo está en un lugar que poco luce como cementerio, no se alzan grandes tumbas ni lápidas, y está cubierto de pasto, y siempre me ha dado la impresión de que en la noche sale a jugar con los otros niños que están ahí. Por muy terrorífico que parezca, ir esa noche me trajo mucha paz. Las luces tenues, el silencio majestuoso, todo parecía indicar que efectivamente los niños salen a hacer de las suyas en ese prado verde. Mi mamá le había llevado un arreglo inmenso de calas amarillas (alcatraces en algunos lados), que había estado buscando por semanas, y ver esas flores ahí, que con tanto amor y dedicación le había llevado su abuela, fue una caricia para mi alma. Recuerdo que con anterioridad ella mencionó querer llevarle ese arreglo, y yo me escandalicé un poco por el valor. Ella firmemente me dijo: “En realidad el valor es lo de menos, es su regalo de Navidad”💛.

El día 26 fui con mis queridos amigos del grupo de padres en duelo “Del Dolor al Amor” a visitar niños que fueron alejados de sus padres por problemas de alcoholismo y drogadicción, entre otros, o simplemente fueron abandonados.  Fue una linda experiencia dentro de todo, el poder entregarles mucho más que algo material sino que “tiempo”. Las tías del lugar mencionaron lo importante que era para ellos compartir risas y juegos con gente que les entregara el amor del que ellos están faltos. Fue una tarde sanadora y llena de risas, y esperamos poder repetirlo prontamente y seguir haciéndolo a través del año, no sólo para una fecha especial 💛.

Este año también acepté jugar al amigo secreto en mi trabajo, cosa que el año pasado jamás hubiera hecho. Las juntas de fin de año con mis colegas me llenaron de energía, tengo la suerte de haber sido bendecida con gente que respeta mi camino y mis tiempos, y que con su cariño y entendimiento me han ayudado a ir sanando pasito a pasito 💛.

La noche de año nuevo también la pasamos en nuestra casa. Ese día era tal el cansancio luego de una agotadora semana de trabajo, que me dieron las 12 de la noche durmiendo (ooops). Ese día en la tarde habíamos ido a dejarle un arreglo floral al parque, y para mi sorpresa, las flores de su abuela estaban intactas. Me causó gran extrañeza, ya que en esta época de verano el sol hace estragos, y las flores duran poquito. Éstas flores nos saludaban erguidas, llenas de vida y color. Claro, ni el sol, ni el calor habían podido combatir contra el amor de abuela 💛. Al día siguiente fui a casa de mis hermanas, donde me recibió una foto de mi gordito por acá, otra por allá, sus calcetines al ladito del árbol… Y también fui a la casa de mi abuela materna, familia con la cual no compartía hace mucho, pero con quiénes me sentí muy a gusto y querida.

Mi resumen de estas fiestas es que no fueron tristes, ni melancólicas, ni oscuras. Estuvieron llenas de crecimiento, esperanza, reencuentros, y por sobre todo amor. Puedo decir orgullosa que sobreviví a las fiestas 💛.

 

“Las flores de colores no son para ti, tú no las necesitas. Las flores de colores son para mi alma, como un recordatorio de que nuestro pacto de amor sigue vigente. Yo las seguiré llevando, porque el día que deje de hacerlo significará que por fin estoy a tu lado…”

 

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