Aceptando la realidad #realidades

nido vacío

La diferencia entre tú y yo, es que yo sí estoy intentando superarlo. Tú lo único que haces es estar ahí, llorando todo el día, anhelando cosas que ya fueron y cosas que ya no van a pasar, hundida en el dolor. Tienes razón, tú y yo no sentimos igual, yo quiero salir adelante, seguir con mi vida.
Y tú no.

Se dio la vuelta y azotó la puerta por la fuerza con la que la cerró.


No sé en qué momento pasó esto. Veía con impotencia como mi matrimonio estaba a punto de derrumbarse porque una barrera al parecer infranqueable se había interpuesto entre nosotros. Antes éramos la pareja perfecta, envidiada por todos. Antes jamás peleábamos y ahora parecía que era la única forma de comunicarnos.
Santiago odiaba verme llorar “ por lo mismo.” Me criticaba siempre por meterme a foros y grupos de ayuda en internet porque decía que eso de estar removiendo el dolor me hacía más daño que bien. No entendía nada de lo que yo hacía para intentar sentirme mejor. Decía que ya había pasado suficiente tiempo, que debía pensar en seguir adelante con mi vida.

Pero la verdad es que lo decía porque era mucho más fácil para él. No fue a él a quién le abrieron el vientre para sacar a su hijo a la fuerza; no fue a él a quién su cuerpo traicionó matando al bebé que estaba creciendo en su interior. No fue él el que quedó incapacitado para volver a tener hijos y cargando con secuelas físicas.
Él se iba a trabajar y ¡pum! mágicamente se olvidaba de todo por 8 horas. Por supuesto que era mucho más fácil para él.


 

Hoy cuando llegó parecía más animado. Al menos, hasta que vio mis ojos hinchados de llorar todo el día. Solo suspiró.
Yo aprecié que no hubiera hecho ningún comentario al respecto.

– Invité a Carlos y a Rosy el viernes a venir a la casa.
– ¿Qué? ¿Por qué? – lo miré bastante indignada – yo no tengo ánimos de preparar una reunión ni de andar recibiendo gente.
– Pero ellos no son “gente”. Son nuestros amigos- dijo levantando un poquito la voz –
– ¿Amigos? Si son tan amigos, ¿por qué no fueron al entierro de Santiaguito? ¿ por qué ni siquiera se dignaron a llamar alguna vez, en todo este tiempo?

Ya hablé con Carlos y están muy apenados. Dice que no sabían qué decirnos, cómo apoyarnos. Por eso los invité, porque me encontré con él en la mañana y quieren continuar con la amistad.

– Mira, ¡qué fácil!

– No voy a discutir contigo. Vamos a recibirlos y punto. Es hora de que retomes la vida social. Si no quieres cocinar, compro comida hecha. Pero quiero que te arregles y te voy a pedir de favor que no andes por ahí hablando de Santiguito todo el tiempo. No quiero incomodarlos más. Les dije que a las 8, así que a esa hora te quiero lista.


El resto de la semana me la pasé en una agonía total. Todo el tiempo pensando que dirían, que no dirían, anticipándome a mis propias reacciones. Incluso ensayé una sonrisa falsa para no “incomodar “ a mis “ amigos “ con mi verdadero estado de ánimo. Lo que no pensaba hacer, era hablar más que lo estrictamente necesario. Odié a Santiago por ponerme en medio de esta situación. A él tampoco le hablé mucho toda la semana.


– ¡Qué bonito tu vestido, amiga! – dijo Rosy con una sonrisa enorme apenas me vio – te ves muy bien.

Yo sabía que no era cierto. Seguía teniendo los kilos que gané con el embarazo y no podía quitármelos de encima. Ese vestido lo había elegido por ser flojo y no tener un cierre que no fuera a subir.
Esbocé mi bien ensayada sonrisa pero no dije nada.

La charla se tornó insoportablemente trivial. Yo no sabía si mi marido también les había prohibido a ellos mencionar a Santiaguito, pero el hecho es que nadie decía nada al respecto; todos fingían que las cosas seguían tal y como la última vez que nos habíamos visto. El ambiente se sentía completamente artificial. La cena me pareció eterna.

Fui a llevar los platos a la cocina y no pude más. Sentí que estaba traicionando y negando a mi hijo. Comencé a llorar en silencio, inclinada sobre la pila de platos sucios en el fregadero.

No escuché cuando se abrió la puerta de la cocina hasta que noté a alguien acariciándome la espalda. Era Rosy con cara de preocupación.

– ¿Estás bien Lau? vine porque te estabas tardando mucho y pensé ayudarte con los platos.
– Pues para qué voy a mentirte. Bien no estoy, obviamente.
– Sí te veo… yo quería decirte que siento mucho lo que pasó con tu bebé.– Su voz temblaba un poco – No se bien cómo abordar este tema contigo, pero por amigos nos hemos enterado Carlos y yo, de que no lo has superado aún. Y estoy preocupada por ti.
– ¿Superado aún…?
– Pues sí, Lau. Pienso que te haces mucho daño al no soltar a tu hijo. Déjalo ir ya, no lo llores más porque no lo dejas descansar.

La fulminé con la mirada. Dio un paso hacia atrás pero no bajó los ojos.

– ¿ En serio? ¿Lo que estás diciendo es en serio? – dije levantando la voz –
– Pues es que… – comenzó a balbucear.
– Muy bien. ¿Qué es exactamente soltarlo? ¿Y soltarlo cómo? ¿También sabes cómo se hace eso? Porque todos lo dicen como si fuera algo bien sencillo, pero nadie explica cómo hacerlo. ¿Y soltarlo a dónde? Santiago se fue, no lo tengo pegado a mí. Si hubiera habido un modo de retenerlo conmigo, no lo hubiera “soltado“ nunca. Pero él se fue, ya no está, como puedes ver.

– Bueno, no te enojes Lau, solo digo que no lo dejas descansar si lo lloras tanto.

– Perdóname Rosy, pero eso que dices no tiene sentido. Yo dudo que mi hijo sufra y no pueda descansar porque yo lo recuerde. Él está descansando, independientemente de si yo me acuerdo de él o lo olvido. Jodida yo, que soy la que se quedó aquí. Yo soy la que sufre por eso, no él. Además, ¿quién te dijo a ti que quiero olvidarlo? ¡Su recuerdo es lo único que me queda! ¡¿Es tan difícil de entender?! – Yo había ido subiendo la voz paulatinamente sin darme cuenta y a estas alturas ya estaba gritando.

Rosy estaba pegada a la pared, mirándome con los ojos enormemente abiertos y asustados.

Santiago entró corriendo al oírme gritar. Sacó a Rosy de la cocina y apenadísimo los acompañó hasta la puerta. Podía escuchar fragmentos de sus disculpas mientras se iba alejando con ellos por el pasillo.

– ¡¿ Estás loca?! tú pretendes que además de perder un hijo nos quedemos sin amigos, ¿verdad? te pedí expresamente que evitaras ese tema. ¿y qué haces en cambio? ¡le gritas a la pobre Rosy que solo quería ayudarte!
– ¿Ayudarme? Vaya manera.
– Mira Laura, creo que ya estuvo bueno. Ya estoy cansado de esta situación. Necesito… no, necesitamos que abras los ojos y aceptes tu realidad, nuestra realidad para que podamos volver a ser una pareja feliz y podamos seguir con nuestra vida. Esto no es un cuentito de hadas donde nuestro hijo subió al cielo y se convirtió en ángel… Él está muerto, entiéndelo ya. ¡Hay que aceptar nuestra realidad!

-Yo acepto la realidad. – le dije mirándolo a los ojosLa realidad es que ya nada volverá a ser igual. Que me toparé de frente con la incomprensión y la indiferencia. Que por mucho que quiera encontrarle un significado divino a todo esto, el hecho es que mi hijo murió y no lo volveré a ver en esta vida. Ya sé que nuestro hijo está muerto y lo acepto porque no me queda más.
Pero también quiero que la gente acepte que no voy a vivir mi duelo a su ritmo sino al mío. Que no voy a dejar de hablar de mi hijo porque les incomode. Yo no sé a dónde se fue; quiero pensar que ahora es un ángel porque eso me gustaría y porque es menos difícil imaginarlo así. Pero no lo sé. Esa también es una triste realidad.

“Se que dulcificar su muerte y andar buscando señales en todo lo que me pasa es para no volverme loca de dolor. No creas que no lo sé. No estoy ciega. Pero me gustaría y voy a hacer que la gente me respete, que respete mis sentimientos hacia mi hijo. Y eso también te incluye. Si no puedo apoyarme en ti, no lo podré hacer en nadie.”

Salí de la cocina sin mirar atrás. No sabía si esta era una pelea más, o la última. Lo que sabía, era que yo no estaba dispuesta a vivir mi duelo como a cualquier otra persona le gustaría, aunque esa persona se tratara de mi esposo.
Si iba a estar conmigo, tendría que comprenderme. Y si no, yo no lo iba a retener por la fuerza.


Estamos yendo a terapia de pareja. No se si va a funcionar, es muy pronto para saberlo. Ojalá podamos superar esta crisis. Ojalá encontremos un modo de seguir juntos.
Él ha tratado de ponerse en mis zapatos y yo en los suyos. Hemos entendido algunos puntos de vista del otro.
Lo estamos intentando. Ahora sé que tanto él como yo, siempre enfrentamos esta situación como buenamente podíamos. Una realidad es que muchas parejas se separan debido a la muerte de su hijo. Pero si logramos mantenernos unidos a pesar de todo, tal vez pase como soñamos alguna vez… y envejezcamos juntos.

Sé que eso le gustaría a Santiaguito.

 

 

2 comentarios en “Aceptando la realidad #realidades

  1. Algunas personas piensan que este dolor… Se va curando como una herida física… Pero no lo entiendes hasta que estás de este lado del camino. El perder lo más valioso que la vida te dio. Una parte de tu corazón ya no está. Y el dolor de una madre es diferente al del padre.

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  2. Cuanto siento la perdida de tu hijo, yo al igual que tu, tuve mi tiempo de depresion horrible, siento q a veces vivimos en mundos paralelos, queriendo salir adelante.. con ese dolor a cuestas, queriendo decirle al mundo,…soy fuerte… yo soy fuerte y lo hago por mi hijo, soy el orgullo de el, porque ya siento que ese dolor lo puedo cargar mas q la primera vez q me paso, ,… no puedo decirte q sera FACIL, solo que debes hacerlo, sal adelante, Dios te dira como…. ora, y seras sabia

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