#sanación: Escuchar para sanar

Me presioné, me di tiempo, me enojé, me acerqué y me alejé de la religión, hice terapia y tomé medicamentos, luego los dejé; lloré, pataleé y me calmé, renuncié a la idea y volví a tener esperanzas. Hice de todo para sanar, pero nada dio resultado hasta que me decidí a escuchar. Ésta es la historia de cómo sané  mi corazón.

Hace dos años y medio, en una soleada mañana de octubre y luego de una larga agonía (mía), mi hija Emma murió en mis brazos. El dolor del momento vino a coronar el calvario de cuatro meses que significó su enfermedad mientras estaba en gestación.

A partir de ese punto, comenzó un camino incierto que no aprendemos a conocer y sobrellevar hasta que hemos avanzado bastante en él: el duelo. En los períodos más álgidos de dolor, la sola idea de pensar en sanar resulta ridícula, y a pesar de eso es casi instintiva esa necesidad de salir a flote, como el que se está ahogando y lucha por no hundirse a pesar de que sabe que sus posibilidades de salvarse son casi nulas, y sigue agitándose aunque se siente y se sabe moribundo.

Antes de pensar siquiera en la posibilidad de sanar y, por ende, recuperar la felicidad perdida, tuve que pasar por varios episodios de caídas y recaídas. Cuando pensaba que nada podía empeorar, algo nuevo pasaba,  y aunque en su momento no lograba entender el porqué de tantas desavenencias, luego entendí que necesitaba hacer el recorrido completo hacia el abismo: tocar fondo y darme un nuevo impulso.

Durante mi duelo hice terapia psicológica y farmacológica que sin duda ayudó, pero obviamente no fue suficiente –porque un apoyo es solo eso, el impulso para dar el salto definitivo, ese que tienes que dar por ti mismo y sin muletas- . En el primer año generé alergias cutáneas, perdí cabello, presenté desórdenes alimenticios y trastornos del sueño, tuve pensamientos suicidas, viví episodios de pánico en lugares públicos muy concurridos, incluso desarrollé una fibromialgia diagnosticada, documentada y tratada con medicamentos.  ¿Cómo podía siquiera pensar en la idea de estar sana, si ni mi alma ni mi cuerpo parecían tener más fuerzas para continuar? La verdad es que sí tenían esas fuerzas, lo que pasaba es que aún no me detenía a escuchar.

Necesitaba detenerme y escuchar. Parar la frenética carrera en modo automático con la que pretendía seguir viviendo. Dejar de teorizar respecto de mi dolor, cesar la presión en mi mente. Necesitaba silencio interior. Y ese silencio, lo logré en parte, gracias a una terapia llamada sanación de origen, que fue el punto de inflexión que necesitaba para empezar a trabajar en torno a mi sanación. Fue una experiencia profundamente significativa, que me hizo entender que nada ni nadie externo a mí traería de vuelta la paz: sólo yo lo haría.

Escuchar, ¿pero escuchar qué? Escuchar todo lo que estaba pasando dentro y fuera de mí y que estaba ignorando. Escuchar a mi corazón, que gritaba desesperado por meses y meses que necesitaba una tregua, un descanso, un poco de cariño. Que quería que lo dejara llorar en paz y por el tiempo necesario, que quería también reír a veces. Escuchar a ese pobre corazón que no sabe de plazos ni teorías sobre el duelo, que cuando no encuentra la forma de hacer que lo tomen en cuenta, se empieza a enfermar y enferma al resto del cuerpo.

Relacionado con lo anterior: escuchar al cuerpo completo. Escuchar lo que grita cada articulación entumecida y adolorida, escuchar a esa piel resquebrajada, a ese colon inflamado, escuchar a ese pelo que se cae de pena. Escuchar a ese cerebro que necesita dejar de pensar un momento para poder dormir.

Lo que me costó más, lo más potente y hermoso de esta experiencia: escuchar a mi hija. Mi hija me hablaba desde antes de nacer, y yo no la escuché. Estaba perdida en las preocupaciones del día a día, en esos detalles que siempre nos parecen relevantes pero que después de la muerte de un hijo se convierten en banalidades. Mi hija me habló también después de su muerte física, cada día y a cada instante, pero me tardé años en notarlo, y cuando eso pasó lo sentí como un golpe frío que me recorrió por completo. De pronto comprendí que había vivido en el absurdo de extrañar a alguien que jamás se había ido de mi lado.

Cuando entendí que Emma seguía a mi lado, que jamás –ni por un segundo- me había abandonado, supe que la misión actual era aprender a vivir sin su presencia física, y aunque suene extraño, fue menos difícil de lo que imaginé. Claro, porque antes pensaba que la había perdido, pero ahora entendía que sólo debía aprender formas nuevas e ingeniosas de comunicarme con ella y escuchar sus señales… ya nunca más un rayo de sol, una brisa, una mariposa, una delicada pluma blanca volvió a ser lo mismo de antes.

Hoy puedo decir que estoy en paz, que he sanado. ¿Eso significa que nunca más he sentido ni sentiré pena? Por supuesto que no. Significa que entiendo la pena como uno de los tantos estados emocionales que acompañan a los papás que han perdido hijos, y que hay que vivirlo completo para que haga su trabajo y luego siga su camino. ¿Significa que nunca más imaginaré a mi hija entre nosotros, en cada cumpleaños, navidad u otra festividad? Claro que no, seguiré pensando en ella cada día y sobre todo en fechas especiales, y aunque muchas veces me inunden los deseos de estrecharla en mis brazos, rápidamente recordaré que no la he perdido en realidad, que sigue conmigo aunque no pueda tocarla ni abrazarla.

No existen recetas para sanar, y resulta muy poco empático decirle a otro lo que debería hacer, según nuestro punto de vista, para lograrlo. Simplemente podemos contar nuestra experiencia, con la esperanza de convertirnos en una pequeña luz en medio de la oscuridad de otro. Esa es la intención que me llevó a escribir estas líneas, y lo hago en agradecimiento a las profundas enseñanzas que me ha dejado mi hija. Esa hija a la que dejé de decirle “te extraño”, “por qué te fuiste” y “te necesito”, y empecé a decirle “te honro”, “te agradezco” y “te amo”.12928418_10209761460138181_364840638809490227_n

 

 

4 comentarios en “#sanación: Escuchar para sanar

  1. Ojalá algún día pueda aprender a vivir de esa forma, y dejar de hacerme las preguntas todos los días del porque te fuiste sin siquiera poder conocerte, sin tener un lugar físico donde llevarle una flor, sólo recordarla en mi memoria y en el hermoso tatuaje que me hice en honor a ella.

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    • Tiempo al tiempo, Teresita. No es fácil dejar de hacerse todas esas preguntas, pero se puede. Al fin y al cabo, se trata de aprender a vivir con el dolor, porque pretender que se vaya por completo es ingenuo aunque todos lo deseemos.
      Un abrazo fuerte!!

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  2. Gracias, mil veces gracias por compartir tu dolor, tu vivencia, tu alma en gran parte. No pude contener las lagrimas por que soy una madre que al igual que tu esta en este camino del duelo y muchas veces no logro ese diálogo con mi cuerpo, mi mente, mi espíritu y mi niña. Al leerte se que debo enfrentarme a todo este dolor y comenzar a aceptar las cosas como se dieron. Gracias por tus palabras.

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