Psico- sanación

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Por muchos meses pensé que podía sola. Hacía mi vida cotidiana sin problemas aparentes; incluso tener que volver a trabajar me ayudó muchísimo a no estar solo pensando cosas que me hacían daño, a alejarme de la culpa, del miedo, de la tristeza por ratos. En verdad agradecí mucho cuando terminaron aquellas vacaciones de primavera y tuve también que volver a ocuparme de las tareas simples del hogar y de mi hijo mayor.
Pero era muy agotador fingir ante mi familia que ya estaba todo bien. Tenía ganas de gritarles que sus pláticas me parecían vacías y sin sentido, y que preferiría no participar de ellas, no ver a nadie, aislarme del mundo.
Fingir sonrisas y pláticas triviales a menudo me dejaba agotada. Pero no quería que nadie me mirara con conmiseración o se que preocupara por mi.

Pese a todo eso, yo creí que podría sola. Que todos esos sentimientos que tenía a raíz de la muerte de María, acabarían por desgastarse y terminar. Que tendría una recuperación lineal, lenta tal vez, pero segura. Pero unos meses después me di cuenta de que no sería así.

En medio de un viaje familiar, mi hermana menor me confesó que estaba embarazada por segunda vez. Sentí como si alguien me removiera las entrañas con un atizador ardiendo.
Sobre todo me dolía porque no pude alegrarme por mi hermana. Odié no sentirme feliz por ella. Por supuesto que saber de su embarazo no me ayudaba; de hecho me hacía sentir peor si cabe porque me revolvió aún más los sentimientos y me hizo sentir mucha más culpa. Además era diciembre, una época ( lo descubrí en ese momento ) muy sensible y mi esposo no estaba conmigo en ese viaje. Varias veces estuve a punto de tomar el autobús y regresarme a mi ciudad. No soportaba que los familiares le preguntaran a mi hermana por su embarazo y yo tener que estar ahí, oyendo todo, viéndolos sonreír, felices. Creí que moriría, literalmente, de dolor. Pero me hice la fuerte, como siempre, y me quedé hasta el final. De todos modos, ahí me di cuenta de que necesitaba ayuda. Ayuda profesional.

Dice la gente que el que va con el psicólogo es porque está loco. Mucha otra dice que seguro no sirve de nada pagar tanto dinero para contarle tus penas a un extraño, alguien que ni siquiera te conoce. Pero yo vivo eternamente agradecida porque después de ir a terapia psicológica, pude regresar a la vida. Dejé de sobrevivir y renací de mis propias cenizas. Aunque también, y no me da pena decirlo, si la gente que va al psicólogo esta loca, a mi poco me faltaba para estarlo, así que qué más daba. Mi mente estaba tan cansada de sufrir, tanto como mi corazón. Así yo ya no podía seguir.

Tal vez no a todos nos funcionen las mismas cosas. Habrá a quién definitivamente esta opción no le resulte tan bien como a mí.
Lo que sí, es que no hay que obviar algo o dejar de probarlo solo por prejuicios nacidos de la ignorancia.

Yo necesitaba alguien que me escuchara sin esa mirada de lástima en sus ojos. Que no me dijera palabras de “ consuelo “ vacías y frases hechas que solo me herían más. Que me aconsejara cómo hacer para seguir adelante y no quedarme atada al dolor.
Entonces, mi hermana la de en medio, me recomendó a una psicóloga que a su vez le había recomendado ( irónicamente ) mi hermana menor y que había sido su maestra en la universidad.

Recuerdo haber tomado el teléfono para hacer una cita, apenas regresé a mi ciudad, muerta de miedo. Y recuerdo la primera vez que fui a consulta: ella me pidió que le contara de que se trataba mi problema, para ver si podía ayudarme. Me deshice en llanto apenas comencé a hablar. Todo era demasiado reciente. Ella no me interrumpió, esperó con paciencia hasta que entrecortádamente pude terminar de contar mi historia.

Sentarme ahí, en aquel sillón beige, frente a ella, con una caja de pañuelos desechables en las manos, ahogada en llanto, no parece ser el mejor plan para un sábado por la mañana. Pero era algo distinto y pude sentirlo de inmediato: era un llanto sanador, un llanto no de auto- compasión, sino con un propósito.
Ella siempre me hacía las preguntas correctas, las que llevaban a algo. Y también preguntas que al parecer no tenían nada que ver, hasta que al final comprendía que sí, que tenía que ver, que mi tragedia había impactado en tantos ámbitos de mi vida, que no me daba cuenta y eso no me dejaba avanzar.
Hablar con una persona que no te conoce de nada, da muchísima libertad. Puedes decirle todo, sin temores. Eso también ayuda, aunque parezca contradictorio.
Y aunque salía del consultorio con los ojos rojos e hinchados al final de casi todas las sesiones, también me iba mucho mejor de lo que había llegado. Me sentía más “liviana”. Me ayudaba a enfrentar los retos de una nueva semana sin mi hija. También fue un camino de auto descubrimiento que me ha servido hasta el momento de escribir estas líneas.

Ir a terapia psicológica, fue el acto más cuerdo que he hecho para salvar lo que me quedaba de cordura.

Obviamente no es una fórmula mágica, eso no existe. Es un trabajo combinado de dos personas y la mayor parte de ese trabajo en realidad lo haces tú. Te enfrentas con recuerdos y cosas que preferirías olvidar, pero vale mucho la pena.

Claro que además hice muchas otras cosas para poder sanar, pero ahora veo que eran complementos, por así decir. Que si no hubiera ido al psicólogo, tal vez mi recuperación no habría sido tan “ rápida “.  De hecho, como hemos dicho tantas y tantas veces, esta es una herida que no cierra nunca del todo. Todavía hay muchos momentos en que todo parece volver, pero son los menos.
Haber hecho terapia me regresó las ganas de vivir, la esperanza, los planes y me quitó el miedo al futuro. Creo que eso es lo más importante. Me ayudó a darme cuenta de que a mi hija no le gustaría que yo piense en ella como en la tragedia que nos sucedió. Que ella fue más que eso, que es más que eso. Me ayudó a recordarla con amor y no solo con tristeza.

Mi consejo es que hay que buscar lo que a uno le funcione. Puede ser una combinación de muchas cosas; solo recuerda: si te hace sentir bien, ¡úsalo!.

2 comentarios en “Psico- sanación

  1. Hola, es un excelente artículo el que escribes, porque es totalmente cierto. Yo soy psicoóloga, pero antes que eso, soy madre de un angelito, quien me dejó vacía el alma al irse, y su muerte me dejó sin ganas de vivir; tuve que ir al tanatólogo desde la primera semana de su muerte, fuimos un año y nos ayudó muchísimo…y de ahí, he vuelto al psicólogo 2 veces más, en momentos que se que lo necesito, me vuelvo a limpiar y sigo adelante; también como tu me estacioné un rato en la apatía hacia todo; ahora me estoy preparando más en mi carrera, para precisamente ayudar a gente que como yo, necesita sacar tanto dolor, que si bien no se acaba nunca, como bien lo dices, si se puede redirigir y puedes reconstruir poco a poco tu vida nuevamente. Hace 5 años y medio estoy sin mi hijo y he tenido altas y bajas pero definitivamente, a mi si me sirvió el psicólogo, y está bien si hay personas que no quieren asistir, lo único es que entonces hay que intentar otros caminos para la sanación del alma, pero no dejarse caer. Por cierto, el psicólogo no solo es para locos, sin embargo, quienes hemos perdido a un hij@ estamos al borde de la locura todo el tiempo y si necesitamos apoyo, definitivamente.

    Bien por ti, y tu hija María debe estar ogullosa de su madre. Un abrazo.

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  2. Totalmente cierto Marce, el pedir ayuda no nos hace más débiles, todo lo contrario. Cualquier cosa que te sirva para sanar, hay que intentarla. Para poder continuar, hay que cuidar primero de uno mismo. Me encanta que haya gente que como tú, que se preocupe tanto por los demás, que haya decidido ayudarlos.
    Un abrazo grande para ti!

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