confesiones de maternidad entre el cielo y la tierra

Les quiero confiar algo que me paso el día de hoy, no me siento orgullosa pero tenía meses sin pisar una iglesia, hasta esta mañana en que tuve que hacerlo por un compromiso de familia, la comunión del hijo de mi hermano.

Desde hace años no me sentía cómoda entrando a la iglesia pues mi conflicto de fe a raíz de la muerte de Joaquin y Víctor no me dejaba hacerlo tranquila, me siento hipócrita cuando lo hago pues aún hay algo dentro de mi que no se ha reconciliado con Dios, esa parte que cuestiona, que maldice y a la que le chillan en los oídos los – Gracias a Dios, con el favor de Dios y los tiempos de Dios son Perfectos-  aunados con la fuerza de la oración.

De broma con unas amigas digo que me he vuelto una gran hereje pues a veces no me queda más que sacarle el lado gracioso al asunto, a todo esto que cambio en mi y que aún no puede  reconciliarse con el creador de todo.

Entré a la iglesia y me fui a lugar más retirado que puede encontrar, los niños participaban en la colecta así que me fui con Lucía  hasta los últimos asientos por si ella hacía relajo poder salir facilmente del templo. Corrí con suerte pues Lucía se portó de maravilla (bueno dentro de lo maravilloso y tranquilo que una nena de dos años puede) y a mitad de la misa cayó dormida. Me senté y la abrace en lo que transcurría todo hasta que llegó la hora de la comunión, ese emotivo momento en que los niños recibían por primera vez el cuerpo de Cristo, ese momento que quedará grabado en sus vidas y como en un flash me vinieron imágenes de mi primera comunión 17 años atrás. Yo fui ellos alguna vez y ahora me denomino la gran hereje de la familia… ¡¿como es que eso llegó a suceder?!

En el fondo el coro cantaba una canción que decía que Jesús siempre esta ahí, siempre con nosotros y yo solo podía pensar  ¿en dónde diablos te metiste cuando se murieron mis hijos? ¿ por qué dejaste que esto pasará? no fue reclamo y no es enojo, es solo mi alma cansada en son de paz que aún quiere obtener respuesta.

Y sin poder controlarlo como lluvia las lágrimas empezaron a fluir, como nube a la que le urge llover comenze a llorar con un sentimiento como hace mucho no lo hacía, respiraba y trataba de contenerlo pero no podía y deje que lloviera por un rato en las últimas bancas de templo con mi arcoíris dormida en los brazos.

Los niños se dieron cuenta y rápido corrieron a sentarse a mi lado -¿mamá por que lloras?- ¿qué tienes? Trataba de decirles que nada entre sollozos pero no me salían las palabras. Verlos a ellos me hizo poder contenerme. -Me duelen los pies- les dije y rápido me soltaron unas sonrisas.

No sé si he prolongado mucho el asunto de la reconciliación con Dios, a estas alturas cuatro años después aún no me siento lista o preparada para dar ese paso, para dejar en sus manos todo como dicen por ahí, a veces pienso que ese día no llegará. No sé si sea terquedad o orgullo lo que no me deja o las secuelas que dejó tan tremenda herida.

Este escrito no es para dar consejo o compartir alguna enseñanza de vida y duelo como siempre trato cuando escribo, hoy solo quería hacer esta pequeña confesión de cuando la hereje mayor entro a misa y no tuvo más remedio que dejarse llover.

Abrazos con cariño

Fer

3 comentarios en “confesiones de maternidad entre el cielo y la tierra

  1. No sos hereje no te llames así es normal que te enojes con Dios ,Muchas veces los hijos nos enojamos con nuestros padres y nos peleamos así también es con Dios ,pero sabes que?el nos espera siempre es respetuoso de tu tiempo ,esto que te paso de llorar es sanador y es el primer paso para acercarte a el ,trata de ir un día de semana y háblale a dios decile todo lo que tenes adentro si podes hablar con algún cura mejor ,estás camino a reconciliarte es hermoso lo que te paso y lo que sentiste en la misa recordalo siempre Dios te espera sos su hija amada,y con el tiempo esas heridas van a sanar el dolor de la pérdida estará siempre pero tus heridas sanaran.Te abrazo fuerte Maria Elisa

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