Por los ojos de Adán #multiplicandoelamor

adan

Siempre pasaba por esa calle al volver del trabajo, y nunca había puesto atención a la casa de puerta roja cuya construcción parecía vieja y abandonada, hasta que los vi.

Eran un par de ojos cafés oscuros, bordeados de largas pestañas, mirándome con atención

Era pequeño, no creí que tuviera más de 5 o 6 años. Parecía que estaba de puntillas y sin embargo lo único que podía ver de él a través de aquella sucia ventana eran sus ojos y el cabello castaño y despeinado que le llegaba abajo de las cejas.

Seguí mi camino y como era fin de semana no volví por ahí en un par de días. Pero el recuerdo de aquellos ojos observándome con curiosidad, me acompañó en todo momento, incluso en sueños.


 

Fui al trabajo el lunes, y al volver, caminé despacio al pasar por el frente de aquella casa vieja. No había rastro del niño de los ojos cafés.

Dos días más tarde comencé a preguntarme si aquel pequeño no habría sido un producto de mi imaginación, de mi mente tan agotada por años de aquella tristeza tan profunda. Caí en la cuenta de que esos ojos eran idénticos a los de Adán, mi Adán.

Pero qué tontería – pensé – solo ves lo que quieres ver. Los ojitos de Adán están cerrados para siempre y no volverás a verlos en este mundo.

Y así pasó una semana, y otra y otra. Distraída en asuntos más banales, olvidé el tema. Hasta que volví a verlo. Estaba sentada en un café, en una terraza cuando al voltear lo vi; me estaba observando desde abajo, en la banqueta de enfrente. Le corté la palabra a mi amiga al levantarme de la mesa abruptamente y bajé corriendo por las escaleras. Escuché a lo lejos a Ximena gritando mi nombre.

Cuando llegué al piso inferior y salí del café, el niño de los ojos cafés seguía ahí parado. Estaba sucio y despeinado, y tenía la ropa rota, pero era hermoso y sonreía. Cuando comencé a cruzar la calle se dio la vuelta y se perdió entre la gente. Empecé a gritarle que volviera al tiempo que corría de nuevo pero era muy tarde. Cuando llegué al otro lado se había ido. La gente que estaba ahí parada me miraba extrañada, como si estuvieran viendo a una loca.

Pensé en regresar al café, pero de pronto me sentí exhausta y decidí llamar a Ximena para disculparme con ella. Volví a casa con la cabeza totalmente revuelta.


 

Intenté contarle a mi esposo lo que había visto, pero no pude explicarle. De alguna manera sonaba extraño e ilógico cuando lo ponía en palabras. ¿Cómo iba a decirle que había visto a un niño que tenía unos ojos idénticos a los de nuestro hijo, y que de no haber muerto, seguro sería igualito a él? ¿Cómo explicarle sin parecer que estaba teniendo alucinaciones?

Así que lo guardé para mi misma.


 

Un jueves por la tarde, regresando del trabajo me detuve frente a la casa. Llevaba varios días sin ver al niño, y tenía una intensa curiosidad por saber dónde estaba o qué había pasado con él. Tampoco podía negar que quería ver de cerca aquellos ojos tan imposiblemente parecidos a los de mi hijo.

Había una reja de por medio y un patio sucio y descuidado entre mi persona y la casa.

Después de observarla un rato, me di cuenta de que ahí no había nadie. De que probablemente ya llevaba un tiempo sin vivir nadie ahí. Estaba todo tan silencioso y abandonado; y bañado con aquella media luz del ocaso, lucía incluso un poco siniestro.

Me di la vuelta para ir a casa, más convencida que nunca de que no volvería a ver al niño, si es que alguna vez existió.


 

Mi hijo Adán había muerto 4 años atrás. Solo había vivido 2 meses antes de que una enfermedad extraña me lo arrebatara. Fue todo tan repentino que mucho tiempo después no había logrado asimilar que ya no estaba. Cuando entraba a su cuarto, casi podía escucharlo en su cuna, hasta que me asomaba por arriba dispuesta a cargarlo y entonces me daba cuenta de que estaba muerto.

No quise desmontar aquel cuarto de paredes lavanda durante muchos meses. Fue un esfuerzo realmente sobrehumano poder entrar ahí para desarmar la cuna y empezar a meter todo en cajas. Solo podía pensar que ese era el último lugar donde estuvo mi bebé con vida y yo iba a destruirlo.

No dejé de llorar ni un segundo mientras guardaba las cosas y lo recordaba mientras las había usado. Y aquellas cosas que nunca pudo usar, me causaban un dolor punzante.

Cuando terminé, pensé: – Toda una vida resumida en esto. Tanto amor guardado en estas pocas cajas.

Todo esto había pasado hacía ya tiempo. Y entonces decidí que ya era hora de desprenderme de esas cosas.


 

El sábado siguiente entré muy temprano al cuarto. Olía a encerrado, así que abrí cortinas y ventanas. De inmediato entró aquella luz hermosa que fue la razón por la que yo escogí aquella habitación para el bebé en primer lugar en cuanto supe que estaba embarazada.

Todo estaba vacío excepto por las cajas apiladas y rotuladas.

Mi esposo no estaba ese fin de semana por un viaje de trabajo, así que yo misma subí las cajas al coche. Decidí que desayunaría primero antes de llevarle las cosas a Ximena, que casualmente tendría una venta de garaje en su casa ese día.

Ándale, tráeme las cosas y las vendemos – me dijo muy entusiasmada- si sacas suficiente dinero, hasta podrías comprarte ropa nueva, que buena falta te hace.

Yo sabía que tenía razón. Estaba muy descuidada físicamente y hacía años que no compraba ropa para mí. Es que ahora todo eso me parecía tan banal.

No tenía café para el desayuno, así que decidí ir a la tienda a comprar. Tomé mis llaves y salí a la calle.

La casa apareció ante mi. Me detuve. La reja y la puerta interior estaban abiertas.

Siguiendo un impulso muy fuerte, me atreví a entrar al patio. Luego entré en la casa.

Todo estaba en penumbras. Los vidrios de tan sucios, apenas dejaban entrar un poco de luz, a pesar de que afuera el día estaba esplendoroso. Murmuré un ¿Hola? vacilante y me respondió mi propio eco.

La habitación en la que me encontraba, estaba vacía y sucia. No me importó y seguí caminando hasta toparme con unas escaleras. Subí sin dudar y entonces lo oí: el llanto de un bebé, amortiguado tras una puerta cerrada, pero inconfundible.

Llegué a la puerta y toqué, esperando que alguien del otro lado me respondiera. Nadie lo hizo pero escuché pasos apresurados. Abrí.

Era una muchachita despeinada, acurrucada detrás de un viejo sillón. En sus abrazos sostenía, intentando callarlo, a un pequeñito tapado hasta la cabeza con una cobijita rota.

Me miró con ojos llorosos y me pidió que por favor no dijera nada.

Tenía 19 años y había escapado de su casa; cuando se enteraron que estaba embarazada la habían golpeado y querían obligarla a abortar. El padre del niño simplemente había desaparecido y no volvió a verlo.

Encontró aquella casa abandonada y en ella pasaba las noches.

Sobrevivía pidiendo limosna cerca del café donde yo me veía a menudo con Ximena… entonces le pregunté que dónde estaba el otro niño, el de los ojos cafés.

No tengo otro niños, solo a mi hijo y tiene 5 meses.

Dicho esto, le descubrió la cabeza y pude ver su perfecta carita mirándome con unos luminosos ojos azules. Me sonrió.

La llevé conmigo a casa. Comimos y conversamos por horas. Era lista, graciosa, amable. Le conté mi historia y lloramos juntas. Dos corazones rotos, unidos por ¿ la casualidad ?

Ella, que conocía el dolor y el abandono en carne propia, aunque no me conocía, me consoló muchísimo mejor que mis amigos de años. Era como un alma vieja en el cuerpo de una niña.

El bebé era un encanto. Lo sostuve en mis brazos todo ese tiempo, y poco a poco se disolvió aquel nudo en el estomago que siempre me daba cuando estaba cerca de un bebé. Él me regaló esa paz que había perdido hacía mucho. Yo le regalé todas las cosas que Adán no pudo usar y que a él le serían mucho más provechosas.

Llevamos todo a su casa y me prometí ayudarle a encontrar un trabajo.

En cuanto al niño de los ojos cafés, nunca más volví a verlo. No sé si en verdad haya sido una proyección de mi mente, una alucinación, un espíritu o qué se yo. Supongo que no lo sabré nunca. Pero gracias a él encontré a alguien que necesitaba ayuda y se la pude brindar. Y ayudándolos a ellos, también me ayudaba a mí misma a sanar.

 

Un comentario en “Por los ojos de Adán #multiplicandoelamor

  1. Que hermoso relato, creo que si fue tu hijo quien te llevó hasta alguien quien te necesitaba, entiendo bien esa sensación de cargar a un bebé que disuelve miedos, eso no es con cualquier bb si no con el que te abraza el alma.

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