En el camino de la reconstrucción

camino

Yo solía ser una persona normal, que tenía la convicción de que nada demasiado malo podía pasarle. Y un día, me caí desde la cima de la felicidad que suponía estar esperando a mi segunda hija.

Me caí por un precipicio escarpado que parecía sin fondo, y después de estar ahí tirada durante un momento que pareció suspendido en el tiempo, me levanté.

Voltee alrededor y me di cuenta que estaba sola en un abismo oscuro y profundo. Miré hacia arriba y supe que me quedaba un camino larguísimo para volver a subir; lo único ¿bueno? es que desde ese punto, ya no podía caer más.

Y así comenzó el camino de la reconstrucción, de tomar mi corazón hecho trocitos y empezar a subir. Nunca fue fácil, nunca fue lineal. Arriba, muy arriba veía la luz, pero a veces, cuando pensaba que ya tenía un buen trecho escalado, volvía a caer, unas veces de nuevo hasta el fondo.

Pasó mucho tiempo antes de que avanzara más de lo que retrocedía. Y a medida que esto pasaba, mi corazón fue sanando de a poquito. Pero ahí siempre quedarán las cicatrices.

Hubo gente que me tiraba lazos desde la orilla, para intentar hacerme salir. A veces los alcanzaba y podía avanzar tantito; otras veces estaban muy arriba y lejos, tanto, que ni brincando lo más alto que podía me acercaba a ellos y otras veces, esa gente se cansaba de esperarme y se iba. Muy poca gente se quedó. Y esa gente que se quedó, tendrá para siempre mi agradecimiento y mi corazón.

En esta tarea de reconstrucción, en este camino arduo del duelo, te pueden ayudar, pero no pueden hacer el trabajo por ti. Es un camino absolutamente personal. Tú marcas tus tiempos y solo tú sabrás cuándo y cómo avanzar; pero se vale pedir ayuda. Fue lo que hice yo. El haber pedido ayuda me ahorró mucho tiempo de sufrimiento.

No voy a decir que he acabado de subir el precipicio; pero estoy mucho más arriba que al fondo. De repente vuelvo a caer un poco, a pesar de tantos años que han pasado: es un efecto secundario, te vuelves vulnerable a ciertas cosas, mucho más sensible a otras. Pero casi de inmediato vuelvo a subir. Y ahora puedo ver el sol brillando, mucho más veces que lo que volteo a ver la oscuridad. Me he apoyado en muchas cosas: escribir, hacerle homenajes a mi hija, hablar con gente que me entiende y no me juzga porque pasó por lo mismo; mencionarla siempre que puedo y recordar las cosas bonitas y no solo las tristes. La terapia psicológica y leer mucho del tema me ayudaron enormemente. Hacer cosas que me gustan solo por el placer de hacerlas, disfrutar de las pequeñas satisfacciones de la vida y agradecer por todas las cosas y personas que sí tengo aquí conmigo (el resto de mi familia, mi esposo y mi hijo mayor, por ejemplo).

Tal vez el reconstruirse sea una tarea que no tiene un fin. Pero puedes estar seguro que con cada pequeño paso que des, estarás más cerca de volver a ser feliz, aunque tu corazón haya quedado marcado con mil cicatrices, porque tu espíritu, como el ave fénix, habrá renacido de sus propias cenizas.

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