La historia de Quiranche | de nuestras seguidoras

 

He de confesar que subestimé mi dolor al perder a Laura, mi primera hija. Sabía de mujeres que habían perdido a sus hijos pero éstos se habían ido después de haber vivido algunos años aquí con ellas, unos de adultos, otros siendo jóvenes y por supuesto de niños – aunque eran muy pocos los casos así que conocía – y creía  que exageraba con lo que sentía, que era absurdo que llorase por un bebé…

Luego, a medida que fui recorriendo el camino de mi duelo, comencé a conocer otras mujeres, sus historias y descubrí que compartían mis sentimientos, vi que “era normal” sentir lo que yo sentía. Eso me llevó a dar rienda suelta a las lágrimas, rabias, culpas, tristezas, penas, decepciones… Dejé la represión y permití la libre expresión de todo lo que sentía, hice así como Job: “mi alma está hastiada de la vida, por lo que daré libre curso a mi queja, hablando de mi amargura” (10,1)… E increíblemente escribir, hablar y sacar todo eso me ayudó a sanar.

Solo Dios cuánto me costó levantarme, recuperar la fe, las esperanzas perdidas y darme permiso para volver a ilusionarme… Ello implicó un esfuerzo y una preparación grande física, psicológica y espiritualmente hablando; Carlos, mi novio, me acompañó durante ese proceso y fue el mejor testigo de todos los sacrificios que tuve que hacer.

Junté las piezas y logré, después de muchos intentos, armar y darle sentido a mi rompecabezas.

Aun así, cuando pierdo a Ana, mi bebé arcoíris, fue como si me desarmaron el rompecabezas que tanto me costó organizar y hasta se me perdieron algunas piezas, pues su partida trajo consigo la pérdida de muchas cosas más…

Tengo un cúmulo de recuerdos a flor de piel, y pese a que Laura me enseñó a no darle importancia al qué dirán de los demás, con Ana se me han olvidado algunas de las lecciones aprendidas.

Me cuestiona y atormenta el hecho de que se repitieron algunos hechos, que trajeron consecuencias irreparables…

Hubo comentarios que llegaron a mis oídos, completamente fuera de lugar, en los que se me reprochaba y acusaba de manera tajante de que esto me lo busqué, cosa que era, ante los ojos de esa gente que me juzga, un verdadero disparate. Pero era más fuerte el deseo de ser papás con un hijo físico, que la inocencia y la esperanza nos invadieron y aquí estamos de nuevo atravesando la tormenta…

En muchas ocasiones me pregunté si fue suficiente el tiempo que esperamos, si faltó algo por hacer, alguna precaución o cuidado que tomar, miles de dudas me dan vueltas en la cabeza, una verdadera tortura…

Fue así como recordé a mi querido amigo Yoemir, él me contó que su abuelo tenía una perrita que se llamaba “Quiranche”, ella tenía algo genético y los perritos se le morían. Su abuelo se los enterraba y ella los desenterraba y los llevaba para su cama. Y su abuelo lloraba y le decía “Quiranche están muertos, entiéndelo”. Pero Quiranche no lo comprendía y los lamía y acurrucaba junto a ella, negándose a dejarlos ir…

Quiranche se embarazaba una y otra vez, sin lograr que un solo perrito sobreviviera. Durante el embarazo quien más sufría era el abuelo, pues ya sabía el desenlace que tendría.

Pero Quiranche no lo sabía, ella acunaba en su vientre a sus cachorritos, con todo el amor del mundo, quizás hasta con algo de fe y esperanza, guardando en su corazón la confianza de que las cosas podían ser diferentes esta vez…

Con la historia de Quiranche aprendí que una madre quiere a un hijo aún mucho más allá de la muerte y de la vida. Que pese a lo adverso que se muestre la situación cuando el deseo de la maternidad nos invade, luchamos y nos arriesgamos por hacer realidad ese anhelo, así nos tengamos que llevar por delante al mundo que se nos muestra en contra. Y más aun, considerando que cuando pone un sueño en el corazón, no se puede desistir, porque lo que viene de Él siempre, siempre, siempre, más tarde que temprano se cumple.

 

Por: Mariaolga Rojas Ramírez, mamá de Laura y Ana.-

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