Carta al padre en duelo

Querido papá:

Que extraño debe resultar para ti leer estas líneas, cuando la mayoría de las cartas de este tipo, están dirigidas a las mamás. Pero hoy quise escribirte a ti, a ti que has visto partir a tu hijo con la misma impotencia que su madre, pero has tomado una posición mucho más ajena al dolor. Y no porque no te duela, porque sé que el dolor te carcome día a día, sino porque crees que así debe ser. Sé que muchas veces has frenado las lágrimas que, atoradas, quedaron a medio camino entre tus ojos y tu garganta. Sé también que muchas veces has esperado que tu mujer duerma, o a estar completamente solo para dejarlas salir. Sé que sin haberlo sentido en tu vientre, su ausencia te duele día a día, y que también llenaste tu corazón de ilusiones cuando supiste que venía en camino, las que rápidamente tuviste que desechar cuando el cruel destino decidió que no podías tenerlo en tus brazos.

Querido papá, me duele saber de tus pesares, porque sufres en soledad y en silencio. Porque muchas veces has cambiado un cálido abrazo por una fría almohada, y has debido aceptar, en silencio, los gritos y reproches de aquella mujer herida que cree que no estás sufriendo como ella. Imagino que en muchas oportunidades te han acusado de no querer tanto como ella a tu hijo, o incluso de no sentir tanto su partida. Sé que te duele día a día, pero has decidido esconderlo, porque la gente se ha encargado de convencerte de que debes ser fuerte por ella, de que los dos no se pueden derrumbar, que uno necesita estar bien por el otro, e incluso los más osados deben haberte dicho que el hombre tiene que seguir. Pero fíjate que hoy no te diré esas cosas, porque desde el punto de vista de una madre que vivió la muerte de su hijo, esas frases son absurdas y sin sentido, porque tienes todo el derecho del mundo a derrumbarte, a gritar, a llorar hasta perder el aliento. Porque tienes todo el derecho a no llorar si no quieres, a no derrumbarse si no lo sientes así, sin que eso signifique que amas más o menos a tu hijo. Estás en todo tu derecho de vivir tu duelo a tu manera, respetando tus tiempos y tus emociones, sin que juzguen tus sentimientos ni tus acciones, porque papito, tú también perdiste a tu hijo, y nadie te enseñó cómo enfrentar este tremendo dolor.

Solo déjame aconsejarte que sientas, que no escondas. Que enfrentes, que no arranques. Que si estás aún a su lado, vivas este duelo de la mano de aquella persona que puede entenderte más que nadie, puesto que ella también ha perdido un trozo de su corazón. Pero no olvides que no hay manual ni receta, que debes dar un paso a la vez. Y que aquello que nos guardamos vuelve más tarde a acecharnos incluso con más fuerza. Que cada lágrima que te guardas cae como un ladrillo en tu espalda, y que si no lo vives, llegará el momento en que te costará seguir caminando.

Mi deseo para ti es que no te reprimas y que logres, algún día, encontrar paz…

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