¡SUPÉRALO Y PASA LA PÁGINA!

Para nadie es un secreto que todos somos distintos, por ende pensamos distinto y actuamos distinto. Sin embargo, a veces existen sentimientos muy comunes entre unos y otros. Mis dos duelos me han permitido darme cuenta de ello, pues comparto muchas emociones bastante similares entre esas sensaciones que originaron ambas pérdidas e incluso, por lo expresado por otras mamás que también andan en este camino, “maternando con los brazos vacíos”, una muestra de eso lo representa esta comunidad virtual.

Cuando estamos en duelo, el que nos den CONSEJOS NO PEDIDOS, DE FORMA GRATUITA además, es una constante. Particularmente, ciertos comentarios vacíos y fuera de lugar, me han OBLIGADO A APRENDER A CALLAR en lugar de hacerme dar una mala respuesta que me lleve a perder la paz; sencillamente porque descubrí (después de muchas lágrimas amargas) que no vale la pena tratar de explicar algo que nadie podrá entender a menos que lo viva, pues he sentido en muchas ocasiones que ni siquiera la empatía, ese ponerse en el lugar del otro, lleva a conocer la magnitud del dolor tan grande que se experimenta al perder una hija y ni hablar de perder dos.  Pero, pese a todas las grandes lecciones que la muerte me ha enseñado, hay un consejo que después de varios años aún me sigue doliendo y es el “SUPÉRALO Y PASA LA PÁGINA” – pausa larga –.

Cada vez que lo oigo surgen en mi preguntas como: ¿por qué tú no superas el celebrar mes a mes el ‘cumplemes’ de tu bebé con una torta así como si fuese un cumpleaños?, ¿por qué tú no superas que está creciendo y ya se sienta o gatea, o come sólidos, o baila la canción de moda, o dice “mamá y papá”, pide la bendición, tira besitos…?, ¿por qué tú no superas que ya camina o que tiene dientes (total todos caminamos y tenemos dientes, eso no es novedad) y dejas de festejar cada nueva cosa que hace con publicaciones de fotos y anécdotas por cuanta red social existente en el mundo? Es decir, por qué razón, motivo o circunstancia YO debería dejar de escribir sobre cómo me siento y qué experimento tras la muerte de mis hijas, pero en cambio TÚ sí puedes presumir a tu hijo vivo, ¿por qué, porque las mías viven en el Cielo mientras que el tuyo está aquí, vivo en la tierra? ¿Es justo eso? Para mí no.

Hay cosas que se pueden superar. Por ejemplo, se puede superar que un novio no te quiera y te corte, llega un momento, en el que después de mendigar amor al otro que no te valora, tú como mujer, una vez que has digerido tu duelo por ese despecho dices: BASTA YA, como mi tocaya la Tañón… Ahí hay una pérdida, se pierde al ‘supuesto’ amor de tu vida y uno sufre porque cree que no volverá a enamorarse y que ese es el único hombre que existe en el mundo, ¿verdad?. Se puede superar también, la pérdida de un trabajo, el que te boten por cualquier razón (justificada o no) y quedarse sin estabilidad laboral, de igual manera ahí hay un duelo porque se pierde un empleo, se supera una vez que consigues otra ocupación. En ambos casos, se supera porque simplemente la vida te presenta una nueva oportunidad, a veces hasta mejor que la anterior. PASAS LA PÁGINA, dejas atrás esas dos experiencias que te han dejado un mal sabor y sigues como si nada sucedió, hasta las olvidas y ni siquiera las sumas como parte de tu experiencia.

Ahora bien, cuando se te mueren dos hijas – de nuevo pausa larga, aún más larga –  no existe nada ni nadie que las pueda reemplazar, no hay algo que tú puedas hacer para olvidarte de lo que pasó… Porque cada hijo es único e insustituible y la muerte no niega su existencia, así como la edad no determina el apego o el amor que se le pueda tener, un hijo es un hijo, tenga tres o siete días de nacido, cinco meses de vida, tres, nueve, quince, dieciocho o cuarenta años…

Siempre que voltees habrá un niño contemporáneo con el tuyo y de forma automática, me atrevería a decir que hasta inconscientemente dirás “así estaría ahorita el mío” – a mí me pasa a menudo – y te invadirá la nostalgia, se te arrugará el corazón y apretará tan fuerte que tus ojos derramaran alguna lágrima para dejar salir un poquito de ese dolor que llevas dentro…

Mi madrina Jeannette tiene cuatro hijos, el tercero murió en un accidente de tránsito, se cumplieron 25 años en agosto del año pasado y yo todavía me acuerdo. Yo la llamé ese día y después de que lloráramos, le pregunté qué se sentía después de tanto tiempo, que si era verdad que dejaba de doler… Con palabras entrecortadas me dijo: -“gorda, me duele exactamente igual como me dolió hace 25 años cuando supe que lo perdí”… Significa entonces que es falso de toda falsedad, eso de que “el tiempo cura todas las heridas”, y, sobretodo eso de que “LA MUERTE DE UN HIJO SE SUPERA”, porque no es así… Un hijo duele honda y profundamente por siempre…

Es verdad que uno debe volver a ponerse de pie y “estar bien”, y lo hace, por supuesto que lo hace, cuesta trabajo y se necesita mucha paciencia, sabiduría, fortaleza y amor para lograrlo; se hace primero por uno mismo antes que por alguien más, pero es complicado y no se da de la noche a la mañana, es un proceso que lleva tiempo, en el que se avanzan dos pasos y retrocedes once.

Hoy escribo para exigir TOLERANCIA, ACEPTACIÓN Y RESPETO POR LA FORMA EN QUE MUCHAS MUJERES LLEVAMOS EL DUELO POR LA PARTIDA DE NUESTROS HIJOS… Y como lo dijo por acá una comadre en estos días, resulta mejor que “no digas nada”, a veces el silencio y la sola compañía de presencia también consuelan, ¡y bastante!. “Es difícil poder ‘decir algo’ frente a la relación tan sagrada como lo es la de una madre con sus hijos”. Papa Francisco

Escrito por Mariaolga Rojas Ramírez, mamá de Laura y Ana.-

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