Gracias por todo, Jay.

Fue un 13 de julio… Un 13 de julio cuando comenzó lo que sería el adiós.

Llevábamos ya 25 meses combatiendo la más dura de las pruebas que la vida pudo habernos puesto; la muerte de nuestro hijo. Ninguno de los dos imaginó, ni en el peor de los escenarios, que un día nuestro amor daría frutos y se convertiría en un bello niño, con rizos de oro y nariz de botón, al que llamaríamos Thomas. Tampoco imaginamos que ese niño vendría a visitarnos por cortas 14 horas, para luego abrir sus alas y decidirse a volar a través del cosmos. No, jamás lo intuimos, así como tampoco intuimos el tsunami que se vendría después.

El dolor me paralizó, me convirtió en una persona completamente diferente a la que habías conocido años atrás. Ni yo misma lograba reconocerme, el dolor había causado estragos en mí y me había relegado a una mínima versión de lo que había sido en todo mi esplendor, allá en mis tiempos mozos, cuando nos conocimos en aquel casino en tu lejano Estados Unidos, y decidiste dejar todo para venirte por amor, conmigo a Chile.

El dolor te cambió a ti también, endureció tu semblante, tu alma de niño envejeció de golpe. Esa sonrisa tuya que tanto odiabas pero que yo tanto amaba ya no era la misma. ¿Y cómo pedirnos que fuéramos los mismos, si tuvimos que mirar a la muerte cara a cara, cuando decidió venir por nuestro hijo? ¿Cómo poder ser los mismos, cuando te vi caminando con la mirada perdida, mientras sostenías en tus brazos un pequeño ataúd blanco, en donde llevabas el cuerpo inerte de tu hijo recién nacido?

Jamás hubiera imaginado que tan perfecta historia de amor iba a llegar a su final y menos de la forma en que lo hizo. Jamás hubiera imaginado que el dolor por haber perdido a nuestro hijo iba a hacer que nos perdiéramos nosotros también.  Pero hoy, a un año del principio del final, te escribo Jay, con el mismo amor con el que te escribía aquellas cartas de amor al comienzo del “nosotros”. Porque sin importar lo que pase, siempre seremos una familia. Siempre serás el papá de mi Tommy Sheridan, y por siempre albergaré dentro de mi corazón, los más dulces recuerdos de nuestro tiempo juntos.

Hoy quiero darte las gracias.

Gracias por cada momento de alegría que me diste.

Gracias por cada momento de amor sublime que recibí de ti.

Gracias por todas las noches que te quedaste despierto vigilando mi sueño, cuando todos creían que podía atentar contra mi vida luego de que nuestro hijo murió.

Gracias porque cuando mi dolor alcanzó su punto máximo, y los doctores sugirieron internarme, tú te negaste y te ofreciste a cuidarme incluso con mayor intensidad.

Gracias por la enorme paciencia que tuviste conmigo, porque aguantaste mis cambios de humor y mis días malos en silencio y sin reproches.

Gracias por todas esas veces que me derrumbé en público, y tú sacaste esos pañuelos desechables que siempre llevabas contigo, siempre listo para secar mis lágrimas y contenerme ante las miradas de los curiosos.

Gracias porque me diste el mejor regalo que pudiste haberme dado, nuestro hijo.

“No eres tú, no soy yo, no somos nosotros… Son los otros…
Sí los otros… Esos que se conocieron hace un par de años atrás y se enamoraron perdidamente. Esos que recibieron con miedo e ilusión la noticia de que tendrían un hijo. Esos a los que nadie nunca les dijo que los hijos morían, y que cuando eso ocurre, parte de ellos muere también.

No eres tú, no soy yo, no somos nosotros… Son los otros… Esos que se conocían como ningún otro y que ahora parecen dos desconocidos. ¿Cómo culparlos? Si vivieron la peor tragedia de la vida, vino el tsunami y furioso arrastró todo a su paso, llevándoselos a ellos también.

No eres tú, no soy yo, no somos nosotros… Son los otros… Esos que pensaron que podían superarlo todo, pero que al final de cuentas son solo humanos. Y en ninguna parte de la naturaleza humana dice que debamos saber como enfrentar la partida repentina de un hijo, sin que en el camino nos vayamos perdiendo a nosotros también.

No eres tú, no soy yo, no somos nosotros… Son los otros… Esos que necesitaban desesperadamente aprender a conocerse nuevamente. Conocerse a ellos mismos y aprender a amarse como seres individuales, para poder amarse entre ellos como las nuevas personas que eran.

No eres tú, no soy yo, no somos nosotros… Son los otros… Esos que necesitaban emprender un viaje personal para que en algún momento del camino sus rutas volvieran a cruzarse… Cosa que nunca sucedió”. (Extracto de un escrito de mi autoría, publicado originalmente en la página “Del Dolor al Amor”)

Gracias Jay Sheridan, por haber sido mi pilar durante el peor momento de mi duelo. Gracias por no soltar mi mano cuando yo no era capaz de aferrarme a nada. Gracias por enseñarme que el amor muchas veces es renunciar, para que el otro pueda ser feliz. Gracias porque en cada uno de los rasgos de tu cara, logro ver la cara de mi hijo. Gracias porque me enseñaste que las coincidencias no existen, que todo pasa por algo (y lo dice este té con canela y manzana que por error me estoy tomando ahora mientras te escribo, ese té que tanto te gustaba). Gracias por todo lo que me diste, aunque ahora todo eso no sea más que un recuerdo 💔

Y si en algún momento llegas a dudarlo, GRACIAS!

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2 comentarios en “Gracias por todo, Jay.

  1. Es tan complejo todo esto Andrea, no hay recetas para vivir el duelo al ver partir un hijo, menos para continuar un sendero juntos después de este abismo.
    Nosotros aun continuamos de la mano, pero no ha sido fácil, un camino de alto y bajos, de dulce y agraz, hace un tiempo cuando aceptamos nuestro dolor y dejamos fluir el amor, decidimos emprender una nueva búsqueda que tampoco ha sido fácil, lo que vuelve a generar olas de desolación y dolor…. Pero con la fe de que mas temprano que tarde todo tendrá su recompensa.
    Abrazo grande

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