Las cicatrices son grandes maestras (DEJAR IR EN PAZ)

En nuestra cultura, difícilmente una madre está preparada o un padre está preparado para despedir a un hijo o una hija, digo “despedir”, no “perder”, porque no se pierde a un hijo (o a una hija en nuestro caso) porque no se tenía, nunca se ha tenido, no es tuyo, es de la Vida, madre de todas las cosas… Cada día escucho a varias personas a mi alrededor que hablan acerca de haber “perdido” a un hijo o una hija. Soy gran cuidadora de las palabras (creo en su poder) y, por las razones que ya he expresado, no comparto el término de “perder”, pero hay algo más allá de todo vocablo, y es la herida que queda en el alma de todos quienes hemos vivido esa experiencia vital, es una cicatriz que permanece en nuestro ser hasta que dejamos de ser personas. Pero no necesariamente tiene que ser una cicatriz de dolor, normalmente, viene acompañada de dolor, del dolor más inimaginable que una persona haya podido sentir, un dolor que te hace sentirte ajena y ajeno al mundo, que te lleva a viajes peligrosos… Esa cicatriz es una gran maestra, pero hay que estar dispuesta a aprender. El dolor existe, es sano aceptarlo, no esconderlo, no taparlo porque, tarde o temprano, saldrá, de una forma u otra, es así… Resulta muy liberador reconocer el dolor y dejárselo sentir, darle permiso para que exista, abrazarlo y, finalmente, dejarlo ir; de esta forma tan simple, la emoción seguirá su ciclo y, cuando deje de ser “útil”, se irá, ya habrá cumplido su función. Sin embargo, si nos empeñamos en negar nuestro dolor, en esconder nuestra debilidad, en obligarnos a “estar bien y volver a la normalidad”, el dolor se aferrará y se estancará en nosotros, nublando nuestra visión ante el mundo.

Por eso digo que la cicatriz es una gran maestra, al igual que el dolor (uno viene de la otra y viceversa), pero hay que estar abierta y abierto a aprender de sus enseñanzas, de los mensajes que nos muestran. Esto hay que elegirlo, tiene que llegar a través de una elección consciente de recorrer ese camino, el más difícil, pues el más “sencillo” (y el más común) es dejarse atrapar por el victimismo, por el ego, por la desesperanza y dejar que tu vida se oscurezca “por lo que te ha pasado”.

Yo no supe despedirme de Noa cuando ella se fue, no estaba preparada y, aún hoy, tres años y medio después, no lo estoy. El impacto, el dolor, el ego y el miedo no me lo permitieron. Y el silencio, “maldito silencio”, decía a veces… La gente te acompaña como sabe, como puede, te da lo mejor que tiene pero, a veces, la prudencia se convierte en silencio y hay mucho silencio, demasiado para una madre vacía, aterrada y perdida. Durante un tiempo, salió la fuerza que hay en mi e intenté cambiar el mundo, intenté mostrar que hay un camino saludable para hacer un duelo, leí todos los libros que pude conocer sobre el duelo de los hijos que se fueron, me sometí a terapias varias, me ofrecí en hospitales para acompañar a padres que pasaran por algo parecido, busqué, busqué y busqué… y no hay búsqueda en vano, siempre se encuentra. Y, efectivamente, encontré los aprendizajes más grandes de mi vida hasta hoy pero, a mi alrededor, no encontré la tribu que yo esperaba. Y es que yo esperaba demasiado y mi tribu no estaba preparada. En este camino, yo tenía que ser mi propia guía y la de quien me acompañaba y, a veces, las fuerzas no llegaban para tanto… Además, me encontré demasiados muros para la sombra que yo llevaba encima intentando ser luz… Así que yo también me refugié en el silencio, hasta que empecé a aprender de él.

Y ahora voy a llegar al punto por el que he empezado a escribir todo ésto… Quería hacer algo con el camino recorrido, quería poner mis aprendizajes en manos de personas que lo pudieran necesitar, porque somos pocos los que hablamos de estos temas (aún me sigo encontrando con el silencio cuando hablo de Noa y de la experiencia con naturalidad…) y, por eso, porque somos pocos los que hablamos y somos muchos en silencio (yo soy ambas partes también, aún), me he lanzado a ofrecer este mensaje como herramienta: hay que despedirse y dejar ir en paz. Hay que hacer una despedida a ese ser que llegó, nos visitó, desató nuestros sueños y se fue. Lleva tiempo, a veces mucho tiempo despedirse, hay que sentirse, aceptar, soltar, perdonarse… y otra multitud de procesos. Pero hay que hacerlo para poder seguir adelante, para poder seguir sintiéndonos vivos y no dejarnos consumir por ese vacío. No es fácil, nada fácil, pero tengo la absoluta certeza de que es el camino.

Hay que buscar una tribu, o dos o tres, a veces la familia, a veces los amigos y a veces completos desconocidos con los que surge un encuentro pueden ser la mejor tribu. Pero hay que rodearse de una tribu, de los que estén, y celebrar una despedida. Nosotros tardamos un año en darnos cuenta de ello y, por eso, en el aniversario de su muerte, hicimos una ceremonia. Convocamos a la familia (fue quien quiso, supo y pudo, todo estaba bien, sin juicios) y realizamos una pequeña ceremonia de despedida, a nuestra manera. Quisimos hacerla en la naturaleza, usando una vela en representación de Noa y ayudándonos de un árbol y de algunos otros símbolos. No todos en la tribu entendían nuestro lenguaje, no todos estaban allí físicamente, pero nada de ello fue un obstáculo para que fuera una ceremonia inolvidable y transformadora. Porque de eso se trata, de transformar, de transmutar el dolor, convertirse en mariposa abierta de nuevo a la vida y danzar con el viento, con lo que quiera que sea que traiga. Y aquella ceremonia tuvo el poder de transformar en nosotros, de soltar, de dejar ir, de sanar, de despedir con toda la belleza del ser y, todo ello, gracias a la energía de la tribu, de la familia, de las personas que sienten como tú y, si no saben, por el amor que te tienen, lo intentan. Aquel día fue un punto de inflexión en nuestro proceso de despedida, en el dejar ir en paz y en mi proceso de sanar a la niña aterrada, a la mujer herida y a la madre perdida.

Por ello lo comparto, porque hay multitud de libros sobre cómo ser padre y madre y dar a luz un hijo sano o una hija sana, pero apenas hay palabras para las cunas vacías y hay muchos padres y madres que, cuando deciden romper su silencio, necesitan encontrar algo que les ayude. Por eso muestro mis palabras, puedes compartir más o menos mi lenguaje pero, por encima de todo, hay un idioma universal. Por eso ofrezco mi experiencia, desde el camino de aprender de la cicatriz y del dejar ir.

TÚ ELIGES.

Escrito por Bela RS

3 comentarios en “Las cicatrices son grandes maestras (DEJAR IR EN PAZ)

  1. Pingback: Las cicatrices son grandes maestras (DEJAR IR EN PAZ) – Maternar aunque mis brazos estén vacíos

  2. Gracias por tu escrito.
    Gracias por compartir tu experiencia y tu camino.
    Gracias por haber eligido escribir y dar voz a aquel silencio. Noa y tu me habeis llegado al alma.

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