Me permito celebrar la Navidad

Las fiestas de fin de año, sobre todo la Navidad, son sinónimo de unión familiar. Aunque el verdadero espíritu de estas fechas se ha ido perdiendo, si me dicen la palabra “Navidad”, se vienen a mi mente de forma inmediata, imágenes de la familia reunida, las luces del árbol y por supuesto, las caritas sonrientes de los niños y niñas que son, sin lugar a dudas, el corazón de esta festividad.

Nunca me gustó esta fecha. Siempre le tuve recelo, quizás porque no tengo muchos recuerdos de Navidades felices, sino todo lo contrario. Pero todo eso cambió cuando supe que sería mamá y que a partir de ese momento, era mi deber asegurarme de que las Navidades de mi hijo fueran mucho mejores que las que yo tuve. Recuerdo como, acompañada de mi pequeña pancita de solo tres meses de gestación, armé ese arbolito la Navidad del año 2013, segura de que el 2014 sería todo más pomposo, todo más brillante, todo más especial. Pero no lo fue. Thomas vino por cortas 14 horas, y esa Navidad que se vislumbraba como la más especial de todas, se convirtió en la más triste, la más oscura, la más dolorosa. Recuerdo como prohibí cualquier atisbo de Navidad en el parque donde el cuerpo físico de Thomas descansa, y como su tía-madrina desafiando mi rabia, colocó un pequeño arbolito y una vela pesebre. Jamás olvidé sus palabras: “que tú no quieras Navidad no significa que el niño se quede sin la suya”.

Han pasado tres años desde esa primera Navidad con y sin mi hijo. Y este año, contra todo pronóstico, me preparo después de mucho tiempo, para celebrarla. Durante el año en curso fui bendecida con la llegada de tres bellos sobrinos, que vinieron a unirse al único sobrino que tenía hasta ese momento, mi Sebastián. La llegada de estos pequeños ha significado un gran desvío dentro de este viaje, puesto que comencé a ver vida donde antes sólo veía muerte. A lo largo de mi duelo he transitado por caminos que me han llevado a la sanación y la aceptación, sin que eso signifique, de ningún modo, que haya llegado el olvido. Me di permiso de odiar con el alma la Navidad. Me di permiso para no celebrarla y no hacer nada dos años seguidos. Me di permiso para llorar de corrido y amargamente mientras los demás festejaban. Me di permiso para comenzar de a poco a mirarla cara a cara, para hacerle frente y poder zanjar el problema que ambas tenemos de una vez por todas. Y este año, me doy permiso para darme otra oportunidad, y no sólo por mi, o por mis sobrinos, sino por mi Thomas. Si, por mi Thomas. Porque pienso en él, y en que cada vez que mamá sonríe, él sonríe.  Porque pienso en que todo lo que físicamente no pudo vivir, lo vive cuando yo lo vivo. Porque tengo la convicción de que él y yo somos uno solo, y que a través de mi él podrá celebrar esa Navidad con su primos que yo tanto soñé, y que injustamente no se le concedió. Porque siento que después de tanto dolor, él y yo merecemos ser felices 💚

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