¡Gracias por tanto!

adios

Yo quería que este escrito fuera memorable. Y temo decirlo, pero por más vueltas que le di, no lo conseguí. Pero bueno, ahí vamos…

Dejar ir no es fácil. Hace falta valentía para despedirse de las cosas valiosas, de esas cosas que cuando las dejas, dejan en ti un gran vacío.
Mirar al cielo fue mi refugio durante mucho tiempo. Aquí encontré comprensión, empatía, cordura y aliento en mis peores días; amigas entrañables que me acompañaron en mis montones de recaídas.
Y me gusta pensar que yo también fui aliento en los días grises de una madre doliente. Porque si bien la tragedia de perder a mi pequeña María nunca tendrá sentido, el hecho de poder acompañar a alguien con mis palabras le dio un poco de significado a ese hecho tan atroz.

No puedo dejar ir a mi hija más de lo que la dejé ir ya. Ella está con las estrellas, pero me acompaña todo el tiempo; su alma está tan unida a la mía que no podría desprenderme de ella aunque quisiera. Y no quiero. Porque ahora más que dolerme me complementa. Ella sabe, yo sé, que el que no la llore a diario no significa que ya no la recuerde o que no me haga falta. Solo significa que pasé esa fase y no me siento culpable por sentirme bien. Y estoy segura de que eso la hace feliz, como a mí.

Tal vez nunca deje de escribirle, o de escribir en su honor. Muchas veces pensé que ya estaba todo dicho y días después me di cuenta de que seguía teniendo la necesidad de desahogarme en un torrente de palabras teñidas de nostalgia. Tal vez pase mucho tiempo antes de que crea que ahora sí, ya no hay nada más que agregar. Solo que no será aquí.

Hoy tengo que despedirme de este espacio, que me dio tanto, mucho más de lo que yo le di a él. Y bueno, lo tengo que decir: lo voy a extrañar muchísimo.

Dejo detrás todo el amor plasmado en mis letras, muchas veces tristes, casi siempre nostálgicas, a veces esperanzadas.

Dejo aquí una parte de mi alma, y mucho de mi dolor, que sanó al compartir lo que tenía guardado en mi pecho y pugnaba por salir.

Y a cambio me llevo un pedacito de todos los que compartieron su historia con nosotras. Me llevo esperanza, sonrisas, abrazos, buenos deseos, y también sus lágrimas.

Me llevo a mi tribu. Y a mi tribu le digo que no pierda la esperanza de sanar. Que no desespere. Que detrás de toda esa avalancha de llanto y sufrimiento, están todas las sonrisas aún por suceder. Está la vida. Y la felicidad futura. Nunca lo duden y nunca dejen de luchar por llegar ahí.

A Fer, ¡le agradezco tanto! Por confiar en mí, por invitarme a ser parte de este hermoso proyecto, por confiarme sus penas, por tenderme la mano aun sin conocerme. Por el maravilloso regalo de su amistad.
También a sus hermosos cuates, quienes fueron la inspiración para lograr acercar a tantos corazones, y porque sin duda, hicieron posible que nos encontráramos su mamá y yo. Y porque sé que allá arriba, juegan en una nube junto con María y todos los bebés de Mirar al cielo.

¡Gracias por tanto! A todos ustedes, tribu de Mirar al cielo. Nunca, pero nunca, voy a olvidarlos.

 

P.D.: Sé que no será lo mismo, pero podemos encontrarnos de nuevo, si quieren, en este pequeño espacio: lisbethss77.wordpress.com/  ( es mi blog, ¿Con cuántas lágrimas sana el corazón? )

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