Gracias

He escrito sobre tanto en estos años. Sobre pena, sobre rabia, sobre desconcierto, sobre esperanza, sobre paz. En fin, sobre el duelo y sus implicancias.

También he expresado gratitud… pero no de la forma en la que lo hago ahora.

Este es el adiós. Y para decir adiós, necesito agradecer.

A cuatro años y medio del nacimiento y muerte de mi hija Emma Sofía Esperanza, es tanto lo que tengo que agradecer. Puede sonar loco, tal vez lo es, pero los años me han dado una amplia perspectiva de los hechos; es tanto lo que deseo agradecer que es probable que ciertos detalles y ciertas personas se me queden en el tintero. Pero aquí vamos.

Hoy, que me despido de este maravilloso proyecto, del cual fui parte por un período de tiempo que valoro mucho, deseo dar las gracias…

A los médicos que nos atendieron con tino y respeto durante el período de diagnóstico y seguimiento de la enfermedad de Emma durante la gestación.

A la secretaria del Centro de investigación del hospital donde controlaron mi embarazo desde los cinco meses, por ser siempre amable con aquellos padres temerosos y devastados ante cada pronóstico, y por ir a darnos un abrazo cuando estábamos entrando a preparto.

A todas las personas, conocidas y desconocidas, en Chile y en el extranjero, que oraron y pidieron por un milagro para Emma.

A Bárbara, mi ángel de la guarda vestida de matrona. Gracias por ser luz en medio de la oscuridad. Te lo he dicho todo en más de una ocasión, hoy solo reitero mi eterna gratitud.

A Carolina, por visitarme en el hospital poco después de la muerte de Emma, a pesar de estar viviendo su propio duelo por el fallecimiento de su padre. Gracias por ser mi compañera en un camino que tú ya conocías, por todo lo que vino después y por nuestra amistad.

A Bernardita, por estar siempre pendiente, por no dejarme nunca cuando estaba en el peor período, por la entrega, el afecto y la empatía.

A Mackarena, por ayudarme a mantener viva la esperanza y, con ello, la cordura. Por no huir de mí cuando mi dolor parecía una enfermedad contagiosa para muchos. Por honrarme con el simple acto de haber vestido a tu pequeño hijo recién nacido con la ropa que compré para Emma y que nunca pudo usar.

A Graciela, otro ángel de la guarda, que por cuatro meses fue la contención profesional que necesitaba para empezar, poco a poco, a reconstruirme.

A mi tribu, las maravillosas mujeres que por un simple accidente geográfico viven en otra ciudad, pero que siempre están conmigo. Ustedes llegaron a mi vida en el período de incertidumbre, en la dolorosa espera. Cuando llegó la tormenta, se quedaron… y no se fueron más. Las adoro.

A mis amigas de la época escolar que, a pesar de la distancia y los años, siguen formando parte de mi vida y reconocen la importancia de Emma en mi día a día, legitimando su recuerdo y manteniendo viva su memoria.

A las amistades, en general, que sobrevivieron al terremoto que implica la muerte de un hijo. Gracias por no rendirse conmigo, gracias por soportarme cuando ni yo misma podía hacerlo.

Gracias, infinitas gracias a mi familia, a toda ella. Los amo y agradezco que consideren a Emma como una de nosotros.

Gracias a las compañeras de camino que encontré en Del dolor al amor y, por supuesto, en Mirar al cielo. Tener la oportunidad de exteriorizar tantas emociones y compartirlas con el mundo, fue y siempre será sanador. Gracias de manera especial también a mi queridísima Dayana, por confiar en mí para embarcarnos en la aventura de Inefable amor.

A pesar de haber agradecido ya a mi familia, quiero hacerlo de manera particular con mis sobrinos María Victoria, Gabriel y Mateo. A medida en que me fui enterando de que ustedes venían en camino, la alegría se mezclaba con la pena. Alegría por lo que implica la llegada de nueva vida a la familia; pena por ver que esa alegría no estaba permitida para mí. Fue esa tristeza, ese quiebre en mi corazón el que me hizo notar que estaba equivocada: llevaba mucho tiempo tratando de convencerme de que no quería tener más hijos, y no era así. Gracias, mis pequeños y hermosos sobrinos, porque con su llegada logré conectarme con el sentimiento genuino que se escondía en lo más profundo de mi corazón, y que me decía que sí quería ser madre otra vez. Gracias, porque en parte gracias a eso tomé la decisión de intentarlo… y hoy tengo a mi amada y dulce arcoíris Aurora a mi lado.

Gracias también, por qué  no decirlo, a los que se fueron. Gracias a aquellos amigos que se esfumaron, a aquellos cercanos que prometieron cosas que nunca cumplieron, a quienes, por uno u otro motivo, no pudieron acompañarme en el duelo. Les agradezco con sinceridad y sin una gota de ironía: gracias, porque sé que la vida se encarga de equilibrar todo, y soy una convencida de que cuando alguien sale de nuestras vidas (o nosotros salimos de la vida de alguien) es por una razón. Luego de estos años también he comprendido que no es fácil acompañar a un padre o a una madre en duelo, y eso me ha permitido empatizar con su reacción. Ya sin nada de rencor en mi corazón, y con sincero afecto y ganas de verles un día y darles un abrazo, les doy las gracias.

Por último, y lo más importante… Gracias a ti, mi amada Emma. Gracias por todo lo que sabes, por todo lo que te he dicho y lo que me dices. Tu existencia honró la mía, tu paso por este plano lo llevo grabado a fuego en mi corazón. Gracias por enseñarme que el amor es realmente eterno y que nada lo puede destruir cuando es verdadero. Gracias por darle calma a mi alma adolorida; porque hoy, a cuatro años y medio de tu partida, te recuerdo con paz y armonía en mi interior.

Gracias a todos, por todo. Seguiremos, con infinito amor en nuestros ojos, mirando al cielo.

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